martes, 27 de diciembre de 2016

El Lápiz Mágico

Todo comienza el día en que descubres tu don. Ciertos escritores dirán que todo se debe a la imaginación o a la planificación, quizás, de las increíbles historias que de sus teclados o lápices nacen. Pero la verdad es más que eso. Cada historia pertenece a una dimensión distinta. No, los escritores no crean nada: tan solo narran lo que sucede en esas dimensiones. Son como un canal por donde fluyen las historias a las que tan solo contribuyen con detalles, haciéndolas más vividas y embelleciéndolas”.

            Las palabras de Erika resonaban en mi cabeza como un eco. Mi corazón parecía querer salirse del pecho y tuve que obligarme a normalizar mi respiración. Nada había sido fácil en estos días que pasaron. Las condiciones climáticas cambiaron drásticamente. Temo que las dimensiones se hayan desestabilizado a tal punto que los mundos se estén mezclando. No, Erika no cree que la situación sea tan mala, pero noto su inseguridad. Pese a ser la valkiria de la sabiduría, esto se le escapa a su conocimiento.
            La miré de reojo por el espejo retrovisor; su mirada perdida en el paisaje a nuestra derecha. A su lado, Dimitri intentaba darle ánimos pero todo de forma inútil: él mismo ya se está convirtiendo en un mirmidón, un agente de la destrucción. «Justo como yo lo imaginé», pensé con amargura al ver la venda en su brazo. La había cambiado hacía unos momentos y ya volvía a sangrar. «El caos es evidente».
            Detente aquí dijo Erika de repente.
            La carretera por donde íbamos estaba completamente abandonada. A ambos lados de la misma se extendía una llanura por la cual pacían las vacas, a las cuales solo una cerca blanca impedía entrar a plena calle. Estacioné en una orilla y los tres bajamos. El silencio que nos rodeó era sobrenatural. Una fina capa de niebla se retorcía cerca del suelo y en el cielo se podían observar repentinos fogonazos verdes que se convertían en letras y números. Estos flotaban unos instantes y luego se desvanecían.
            No hay nada aquí y el sol está por ocultarse dijo Dimitri, dando un vistazo alrededor. Su voz estaba cargada de decepción.
            Sí, más adelante murmuró Erika, dando unos pasos para luego volverse a mí. Sacó de su bolsillo un lápiz y me lo dio—. Debes irte a tu casa y escribir usando este lápiz.
            ¿Pero por qué?
            Quien abrió las dimensiones lo hizo debido a que el lápiz no pertenece a este mundo e intenta siempre regresar a su origen. Así es como pudo abrir caminos entre las mismas hasta el punto de mezclarlas. Con su dominio, tú podrás regresar todo a la normalidad respondió ella.
            Iba a protestar cuando Dimitri me interrumpió.
            Por lo general, siempre tiene razón.
Increíble…¡Ahora mis personajes me dictan lo que he de hacer!comenté irritado para luego asentir. Tomé el lápiz y lo guardé—. ¿Ustedes vendrán conmigo?
            Tenemos ciertas cosas que averiguar pero ya nos veremos después respondió Dimitri.
            Me quedé allí, viendo cómo ambos se internaban en la llanura. Repentinamente desaparecieron en un fogonazo azul, que me hizo sobresaltar. Sin saber qué hacer, volví al auto y me dirigí a casa.

            Era ya entrada la noche cuando llegué. «Gracias a Dios que mi familia está de vacaciones», pensé mientras bajaba corriendo las escaleras. Por las ventanas semi abiertas, vi las luces encendidas. «Extraño. Yo no las dejé así». Apenas había dado unos pasos después de abrir la puerta cuando sentí un fuerte golpe en la cabeza.
            Cuando desperté estaba sentado en uno de los sillones, con las manos atadas. Veía todo borroso. Al recuperar completamente la vista, vi a una mujer sentada frente a mí, mirándome. Era delgada y llevaba un traje verde ceñido a la cintura. Su cabello rojo intenso, rizado y sus ojos verdes eran los más hermosos que había visto. Un escalofrío recorrió mi espalda. Conocía a esa mujer. Era tal como la había imaginado, después de que me decidiera a cambiarle la imagen debido a los comentarios de mis compañeros Literautas. No había duda.
            —Ryan Infield Ralkins —dijo mientras se golpeaba un muslo con su famoso cuchillo— tenemos mucho de qué hablar. Víktor, desátale las manos —ordenó y este obedeció deprisa.
            —¡Lady Constance! —fue todo lo que pude decir.

            «¡Que Dios me ayude!», pensé mientras me perdía en su sonrisa y en la belleza de su rostro, sin estar seguro de cómo debía sentirme…

miércoles, 30 de noviembre de 2016

La Infección: Capítulo 7

Rugidos de Muerte

            —¡Nos sigue! ¡Nos sigue! —gritaba Beatriz, histérica.
            Hunter apretó los dientes. Los gritos de ella y el llanto de Connor le tenía los nervios de punta. Solo Mónica estaba en silencio, intentando normalizar su respiración a la vez que sostenía su pistola con fuerza. Ya sabía dispararla: tan solo aguardaba la oportunidad. Frente a ellos, la carretera estaba despejada. Detrás el monstruo jadeaba y a veces rugía. Hunter tuvo que girar casi por completo el guía debido a que la carretera ahora curveaba, internándose entre dos colinas. Al bajar la velocidad, la criatura se colocó junto a ellos. Los ojos rojos brillaban como la sangre. Beatriz abrió la boca para gritar pero no emitió ningún sonido.
            —¡Sujétense bien! —exclamó mientras giraba el guía hacia la izquierda.
            Pero la criatura previó el golpe. Rugiendo, corrió y golpeó con fuerza la puerta trasera del auto, que se abolló con un crujido metálico. Esta vez Mónica gritó. Beatriz agarró a Connor y se sentó en medio, intentando mantener distancia con las puertas. Hunter aprovechó que había entrado a una carretera recta durante más de una centena de metros y aceleró. Por el retrovisor podía observar a la criatura, que rugía furiosa sin desistir en su persecución.
            —Mónica, Beatriz, prepárense que esto se puede poner feo —dijo y hundió el freno.
            Con un enorme chirrido el auto se fue deteniendo a la vez que derrapaba hacia los lados. Hunter lo mantuvo lo mas derecho posible pero un impacto en la parte trasera les hizo girar en la carretera y caer en el campo, fuera de la brea. El plan había resultado. Agarrando la escopeta de manos de Mónica, Hunter bajó y corrió hacia la criatura, que yacía una docena de metros por delante de ellos. Aún estaba viva e intentaba levantarse cuando le dio alcance. Emanaba un olor nauseabundo y de sus numerosas heridas brotaba la sangre de un color verde ácido.
            Hunter se detuvo unos segundos y la observó de la cabeza a los pies. Su piel era lisa y en algunos puntos estaba creciendo un pelo ralo y negro. Sin pensarlo más, apuntó a la cabeza y disparó dos veces. La brea quedó llena de los restos de la criatura mientras la sangre formaba un charquito. Respirando aliviado, regresó junto a las mujeres y el niño, quienes permanecían en el auto. En sus rostros podía notar aun el miedo. Sin decir nada encendió el auto y siguió la carretera aunque no tenía idea alguna de donde estaban.
           
Un par de horas después se detuvieron en las afueras de una ciudad. Los deteriorados edificios se alzaban como sombras: recuerdos de un pasado al que era imposible volver.
—No entraremos ahí, ¿verdad? —susurró Mónica. Al ver que Hunter se quedaba en silencio, con la vista clavada en los edificios, añadió: —Si Connor llora, los atraeremos a todos.
Hunter suspiró.
—Buscaremos otra ruta.
Ambos estuvieron buscando durante minutos enteros hasta al fin encontrar una carretera que se alejara de la ciudad pero la misma quedaba cinco millas atrás. Después de discutirlo por varios minutos y con Beatriz ahora despierta y atenta, decidieron atravesar la ciudad en la mañana.
Los tres salieron unos minutos a caminar y estirarse hasta que el sol se puso en el horizonte. Entonces regresaron al auto y cerrando las puertas con seguro, intentaron estar lo más cómodos que podían.
—Antes solía desear a que sucediera algo así —comentó Mónica, rompiendo el silencio. Hunter la miró pero ella observaba por la ventanilla. Beatriz escuchaba atentamente.
—Todos deseamos algo así en algún momento de nuestras vidas —dijo Hunter restándole importancia.
—Sí, ¿pero a cuantos se les cumplió? —dijo ella y se giró hasta él—. Justo cuando yo lo hice, todo ocurrió.
Apenas terminó de hablar, restregó sus ojos y fijó su mirada al frente. Hunter hizo lo mismo. Beatriz se encogió de hombros y se impulsó hacia el frente, apoyando sus manos de los reposabrazos de los asientos.
—Me inquietan esas criaturas que salieron de los cadáveres… ¿De dónde salieron?
Ninguno pudo responder a esta pregunta y en poco tiempo se rindieron ante el sueño.

Hunter cubrió sus ojos mientras intentaba ver. Los restregó con fuerza y luego los abrió. Una intensa luz blanca brillaba sobre la ciudad, surgida casi de la nada le había despertado. A su lado, Mónica abrió los ojos de par en par e iba a gritar cuando Beatriz le tapó la boca.
—¡Shhhh! —dijo.
—¿De dónde salió? —preguntó Hunter inclinándose hacia el frente.
—Vino del oeste y se posó sobre la ciudad aunque no era tan intensa —susurró Beatriz, soltando a Mónica.
La luz siguió brillando con intensidad, ahuyentando las sombras. Entonces hizo ademan de apagarse y volvió a brillar con intensidad para luego apagarse, siguiendo ese patrón de forma intermitente. Estuvo así por unos minutos hasta que se apagó y cuando lo hizo pudieron ver otras luces menores, también blancas pero menos intentas. Estaban sobre algo que parecía una nave de forma circular.
            Hunter tragó saliva y abrió los ojos de par en par, sin poder creer lo que veía. Y mientras observaba, la nave subió lentamente unos metros para luego despegar con rapidez hasta desaparecer. Aun no se habían recuperado del todo cuando un rugido rasgó el silencio nocturno, devolviéndoles a la realidad. El rugido se hizo eco en la ciudad y en apenas segundos comenzaron a aparecer sombras que rugían entre los edificios.
            —¡Vienen hacia acá! —exclamó Mónica, aferrando la escopeta con fuerza.
—Intenten esconderse y no hagan ruido —dijo Hunter mientras se ocultaba lo mas que podía en el asiento.
Las mujeres obedecieron enseguida. En un principio no sucedió nada. Solo escuchaban su respirar agitado mientras esperaban. Segundos más tarde sintieron que algo caminaba junto al auto, resoplando con fuerza. La criatura se detuvo, rugió con fuerza, haciéndoles taparse los oídos y luego reanudó su camino.
Tardaron unos diez minutos en pasar y los rugidos se perdieron en la carretera, a espaldas de ellos.

Apenas el sol salió, estaban en marcha. La ciudad estaba completamente abandonada. Los edificios descoloridos y resquebrajados a duras penas se mantenían en pie. Muchos escombros obstaculizaban las carreteras ya que el bombardeo del ejército para intentar detener a los infectados, había tenido más éxito con los edificios. Algunos de estos tenían enormes machas negras. Muchos autos destrozados ocupaban el estacionamiento frente a las aceras.
—Nacieron muchos aquí —comentó Beatriz, observando por la ventanilla. A su lado, Connor permanecía amarrado al car seat, moviendo sus piernas y brazos mientras reía atento a las muecas que Mónica le hacía.
—Debemos conseguir un lugar seguro pronto —masculló Hunter, observándolo todo. —Debe haber sobrevivientes.
Estaban justo en medio de la ciudad cuando se toparon con una enorme criatura que parecía estar muerta justo en medio del camino. Hunter buscó como rodearla pero no encontró forma.
—Bien, bajaré y veré que puedo hacer. Mónica, siéntate frente al guía por si acaso —dijo y bajó del auto luego de abrir el baúl. De allí sacó algunos cartuchos que amarró en su cintura y un rifle de asalto.
La enorme criatura hedía. El sol se alzaba en lo alto, calentando la brea y eso no ayudaba en absoluto. Limpiando el sudor con el dorso de su mano, Hunter llegó hasta la misma y la examinó. Era enorme: rechoncha, de piel negra y húmeda, arrugada como de anfibio, ojos saltones y un enorme hocico lleno de dientes. El cuerpo era como un enorme barril y las patas eran fuertes. Sus dedos terminaban en enormes y curvadas garras.
Intentó moverla un poco, sus patas al menos pero no había manera alguna. Fue hasta el auto,  recostándose del mismo. Mónica bajó la ventanilla.
—No hay manera.
—¿Está muerto?
—Sí.
Una expresión de alivio se adueñó del rostro de Mónica, quien incluso sonrió.
—Tomemos entonces un camino secundario.
Hunter iba a contestar cuando escuchó gritos que venían de la carretera, del lado izquierdo. Mónica encendió el auto y cerró la ventanilla pero Hunter corrió hasta allá solo para ver como dos muchachos combatían a los infectados. Uno de ellos estaba ensangrentado y apenas podía mantenerse en pie. Hunter se acercó y comenzó a disparar contra el grupo de cadáveres. La mayoría cayó al instante y los que no, intentaron levantarse solo para que los muchachos reventaran sus cráneos con bates. Pero un grupo salió del edificio a espaldas de ellos y se abalanzaron sobre el muchacho herido, quien fue sorprendido y aunque combatió a algunos, no pudo sobrevivir.
—¡Sean, no! —gritó el que quedaba en pie e intentó ayudarlo pero los gritos del joven moribundo cesaron casi de inmediato.
—Vamos, antes de que nos maten también —dijo Hunter, después de dispararles a los últimos infectados.
—No puedo dejarlo…no puedo…  —balbuceó el joven mientras observaba el cadáver de Sean, rodeado por los cadáveres de los infectados.
—Terminarás así si te quedas —dijo Hunter, sacudiendo. Pasados unos segundos, este asintió y lo siguió.
—¿Cómo te llamas?
—Hunter, ¿y tú?
—Jacob.
—Bien, Jacob, si quieres unirte sube al auto —dijo Hunter mientras abría la puerta trasera derecha de la Rav4. Jacob se detuvo.
—Espera, ¿saldrán de la ciudad? —preguntó. Hunter asintió—. No puedo salir. Hay un grupo de sobrevivientes que no puedo dejar: mi hermana y también mi novia están entre ellos.
            —¿Cuántos son? —preguntó Mónica, quien había salido del auto y escuchaba la conversación sin apartar los ojos del muchacho. La escopeta estaba firme en sus manos.

            —Unos veinte.

martes, 4 de octubre de 2016

La Infección: Capítulo 6

Hijos de la Infección

            Hunter estaba acostado de pecho en el suelo. Se había arrastrado lentamente hasta el borde de una colina y después de echar una mirada hacia atrás, a la Rav4 negra en donde estaban Beatriz, Connor y Mónica, sacó sus binoculares y se dispuso a mirar abajo.
            Entre los edificios arruinados y abandonados veía muchos autos en un enorme estacionamiento. Y recostados sobre al lado de los autos veía a muchos infectados. La mayoría apenas se movía y los pocos que lo hacían, no podían estarse en pie.
            —¿Qué rayos les sucede? —se preguntó mientras barría el estacionamiento de izquierda a derecha.
            Entonces se detuvo repentinamente. Uno de los infectados cayó de espaldas al suelo y se quedó inmóvil. Pero eso no fue todo lo que sucedió con él. Mientras Hunter observaba, el cadáver se infló hasta el doble de su tamaño para luego estallar. Las entrañas y demás restos cayeron regados a su alrededor. Y en donde había estado el cadáver ahora observaba claramente a una criatura de color verde oscuro. En un principio se quedó inmóvil pero después se sacudió  y rugió. Tenía unos dientes afilados y una cola larga. Sus ojos brillaban de un color rojo sangre, muy intenso pero eso no era lo peor. Poco a poco, como respondiendo a su rugido, los demás infectados comenzaron a estallar…al menos los que por su aspecto parecían tener varias semanas.
            «Hora de irse», pensó Hunter mientras retrocedía hasta la camioneta. Abrió la puerta rápidamente y entró intentando no hacer ruido. Por el rostro de Mónica y Beatriz, adivinó que estas habían escuchado el rugido.
            —Pongan seguro a las puertas, mantengan los cristales cerrados, agáchense y quédense en silencio —ordenó Hunter antes de que hablaran.
            Ambas obedecieron en seguida. Oyeron más rugidos. Estos sonaban aterradoramente cerca ahora. Connor agitó sus manitas y piernitas. Hunter y Mónica abrieron sus ojos de par en par pero Beatriz solo lo meció un poco mientras susurraba.
            De la nada comenzaron a subir por la colina. Eran al menos una decena y todos del mismo tamaño: tres pies de altura. En un hocico como de murciélago podían verse una veintena de colmillos blancos y afilados. Los ojos eran enormes, rojos y estaban a los lados de la cabeza. El cuerpo era musculoso y las patas terminaban en garras.     
            Uno por uno pasaron junto al auto sin hacerle el más mínimo caso, a excepción del último que se detuvo justo donde Hunter había estado acostado. Olfateó el suelo unos instantes, rugió y siguió a los demás.
            Nadie se atrevió a hablar durante unos minutos. Apenas si se atrevieron a mirar a los lados. Hunter fue el primero en moverse, observando por el espejo de atrás. La carretera estaba vacía: era obvio que se habían internado entre los árboles al otro lado del camino.
            —¡Que digan lo que quieran pero estos monstruos no surgieron por el H1N1! —exclamó Mónica, recuperando el habla de repente.
            —Totalmente de acuerdo —asintió Hunter mientras buscaba su pistola.
            —No debimos dejar la casa. Allí estaríamos más seguros —opinó Beatriz, que seguía meciendo a Connor.
            Hunter negó con la cabeza.
            —Allí nos habrían rodeado y sería solo cuestión de tiempo.
            —¿Y qué haremos ahora? —preguntó Mónica.
            —Primero que nada, bajaremos hasta ese estacionamiento… —comenzó a decir Hunter pero Beatriz le interrumpió.
            —¡Estás loco! ¡Nos matarán!
            —No pueden moverse así que debemos quemarlos para que no salgan esas otras cosas —apuntó Hunter y luego añadió: —Además, hay una armería intacta allí.
            Mónica y Beatriz se quedaron en silencio, pensando en lo que Hunter acababa de decir.
            —Bueno, necesitamos las armas —comentó Beatriz no muy convencida.
            Hunter estacionó el vehículo junto a la caída verja del estacionamiento. Ninguno de los infectados se les acercó y ninguna otra cosa les seguía. Mónica y él bajaron deprisa, ambos llevando sus cuchillos en sus cintos y bates en mano. Corrieron entre los restos de infectados que estaban esparcidos sobre la brea, cubiertos de un líquido amarillo, oscuro y pegajoso.
            —¡Qué asco! —murmuraba Mónica, intentando esquivarlos con poco éxito.
            Hunter no le hacía caso. Mientras caminaba, observaba a todos los infectados, los que estaban cerca y lejos. Desconfiaba de ese silencio y para colmo el día estaba soleado y el cielo completamente despejado: ni siquiera el clima les podía ayudar a ocultarse en ese día. Uno de los infectados extendió su mano y le agarró la bota. Hunter sacó el cuchillo y lo hundió en su frente. La mano lo soltó. Le hizo señas a Mónica y ambos continuaron su camino.
            Minutos después llegaron a la armería. Era un edificio oscuro y estrecho. Apenas tenía un par de sillas a cada lado y un mostrador enfrente. Detrás del mostrador había una puerta enorme pero cerrada. Hunter la verificó de cerca, alumbrándose con una linterna, tapándose un poco la nariz para no respirar el olor a carne en descomposición que invadía el ambiente.
            —¡Perfecto, no ha sido bandalizada! —exclamó aliviado.
            —Pero está cerrada —señaló Mónica, desesperanzada. Estaba justo al lado de la puerta, observando el auto en donde les esperaban Beatriz y Connor.
            —Si, pero si mi teoría es cierta…—dijo y se movió hacia el cadáver de un sujeto vestido de azul oscuro—, las llaves están aquí—. Apenas lo dijo, agarró un manojo de llaves del bolsillo del muerto.
            El candado se abrió con un clic y Hunter entró a la bóveda. Tal como pensaba, encontró desde pistolas y escopetas, hasta rifles de asalto y un par de rifles de francotirador. Había gas pimientas, pistolas taser, cuchillos de militares y otras tantas cosas más. Buscó entre unas cajas de cartuchos y balas hasta encontrar unas enormes mochilas negras.
            —Mónica, ayúdame —susurró desde la puerta de la bóveda.
            Esta llegó corriendo enseguida. En unos veinte minutos tenían unos diez bultos cargados de balas, cartuchos y armas de diferentes tamaños. Tardaron una media hora más en llevarlos al auto.
            —Ah… ¿Hunter?
            —Si, Mónica, ya lo sé —dijo Hunter entre dientes mientras cargaba los últimos dos bultos.
            Cuando estuvieron en el baúl del auto, cerró con llave y corrió hacia la bóveda junto a Mónica. Llenaron un par de cartuchos cada uno y cerraron con candado.
            —Por si tenemos que regresar algún día —dijo mientras salían de la tienda.
           
            —¿Ya terminaron? —preguntó Beatriz cuando ambos se acercaron nuevamente al auto.
            —No, aun debemos quemarlos —respondió Hunter.
            —Pues dense prisa antes de que nazcan —aconsejó Beatriz, alterada.
            —¿Cómo los quemamos? —preguntó Mónica.
            Beatriz se encogió de hombros, mordiéndose los labios. Tenía un tic en la pierna y no paraba de mirar hacia atrás y a los lados. Hunter dio un vistazo también, buscando algo que les ayudara pero no encontró nada. Resignado, cerró la puerta del auto y sacó un encendedor del bolsillo. La pequeña llama bailó un momento acariciada por la brisa antes de desaparecer.
            —Intentemos quemarles la ropa —propuso.

            Las llamas tardaron en encender la tela pero apenas lo hicieron, consumieron la carne también. Los infectados se movían levemente mientras eran consumidos como si de antorchas se tratara. Otros se quedaron quietos. Los huesos crujían y el olor a carne quemada invadió el aire. Una enorme espiral de humo ascendía ya sin control alguno.
            Escucharon un ruido seco. Mónica se quedó paralizada mirando hacia atrás. Uno de los infectados estaba hinchándose sobremanera y aun no se quemaba del todo. Hunter la agarró por el codo.
            —Vamos al auto —le susurró mientras la halaba.
            Ambos se fueron lo más en silencio posible pero apenas habían dado unos pasos cuando el cadáver reventó. Mónica y Hunter olvidaron toda precaución y corrieron. Ignoraron un rugido a sus espaldas; tenían la vista fija solo en el auto, desde el cual Beatriz les hacía señas con las manos.
            —¡Deprisa, deprisa! —gritaba mientras Hunter y Mónica se montaban y cerraban la puerta, ambos jadeando y cubiertos de sudor.
            —¿Crees que nos haya seguido? —preguntó Mónica, agitada.
            Hunter abrió la boca pero no respondió. La criatura que acababa de nacer estaba de pie en el borde de la colina, observándolos directamente. Abrió la boca y dejó ver unos colmillos blancos, largos y delgados.

            —¡Hora de irnos! —exclamó Hunter. Encendió el auto y poniéndolo en reversa, entró en la carretera.

domingo, 18 de septiembre de 2016

La Infección: Capítulo 5

La Búsqueda

            Cuando salió el sol, dos días después de la tormenta, ya todo había vuelto a la normalidad. Se limpiaron los escombros de la mejor forma que pudieron y aprovecharon para hacer más fuertes y seguras las viviendas. Joaquín observaba el mover de todos desde la torre, un edificio que ellos mismos habían levantado. Era de unos cuatro metros de ancho y tenía diez pisos de alto. Arriba tenía un buen techo, unas planchas de metal para protegerse de los disparos, unos binoculares y un par de de bultos: uno con comida y el otro con balas.
            Los habitantes de Hope, hombres, mujeres, niños y ancianos, trabajaban en equipo. Apenas si quedaban un par de vigías apostados sobre las torres de los portones.
            —¿Joaquín?
            —Si, Claire, ¿qué pasa? —preguntó mientras la saludaba con una mano.
            —¿Qué ves?
            Joaquín miró hacia fuera de Hope. La llanura estaba silenciosa. Los arbustos y árboles se mecían suavemente debido a las ráfagas de viento pero fuera de ellos, solo los pájaros se movían. Negó con la cabeza mientras seguía observando con los binoculares.
            —No se mueve nada, excepto los pájaros.
            —Entendido.
            Luego se sentó en una pequeña silla metálica. Se restregó los ojos y volvió a mirar por los binoculares. Entonces vio un auto que se acercaba a toda prisa. Lo observó esquivar escombros por el camino hasta que se detuvo junto a las puertas. Agarró el radio.
            —Abran la puerta, es Samuel —indicó.
            Abajo la enorme puerta se abrió hacia atrás, dejando entrar el vehículo para luego cerrarse con estrepito. Vio a todos correr hacia el auto, luego vio a algunos alejarse a toda prisa.
            —Joaquín, vigila el perímetro y alértanos de cualquier cosa rara que veas —ordenó Daniel con voz enérgica.
            —Entendido —dijo este mientras volvía a mirar.
            —¿Qué le sucedió? —escuchó claramente a su hermana preguntar.
            —Infectados nos atacaron y en la huida Samuel cayó sobre su cuchillo, enterrándoselo en el abdomen —relató Daniel con voz jadeante—. Huimos deprisa pero nos seguían cientos de ellos —terminó.
            Sin perder un segundo, Joaquín agarró con fuerza el rifle de francotirador que descansaba sobre un trípode. Verificó que estuviera cargado y dejó más cartuchos de balas justo al lado del mismo. Barrió la llanura usando la mira. Todo seguía tranquilo: por ahora no había signos de persecución.
           
            Por la tarde, Joaquín fue relevado por Yara, una joven de rostro delgado, cabello castaño y lacio, ojos color miel y cuerpo atlético. Apenas se encontraron al pie de la torre, ella le sonrió y él se tropezó y dejó caer su mochila, desparramando todo su contenido por el suelo.
            —Lo siento —murmuró mientras se doblaba y comenzaba a recoger todo deprisa.
            —Tranquilo, te ayudo —dijo Yara arrodillándose junto a él.
            Apenas terminó, cerró la mochila, murmuró un hasta luego y se fue. Escuchó la risa de Yara y el hasta luego que le dijo mientras se encontraba con Claire, que parecía muy divertida.
            —Entonces Yara y tu…
            —Cállate.
            Joaquín se sonrojó mientras su hermana reía. Se dirigieron por un camino de piedras entre un par de casas. Luego se detuvieron al borde de la calle mientras un par de vigilantes manejaban una excavadora. El ruido que hacía la misma no les dejaba escuchar lo que decían así que hicieron silencio. Cuando hubo pasado, reanudaron la marcha y Claire le informó de todo.
            —Samuel tardará mucho en sanar pero al menos sobrevivirá.
            —¿Y quién dirigirá Hope mientras se recupera? —preguntó Joaquín mientras corría, esquivando un enorme charco de agua.
            Claire lo miró como si fuera lo más obvio del mundo. Él no pudo evitar sonreír. No dijeron nada durante unos minutos.
            —Entonces, Daniel y tu…
            —Cállate.

            Desde la puerta observaba las afueras de Hope. Había estado caminando por la muralla alrededor del pueblo pero todo estaba tranquilo. Dentro del pueblo ya era otra cosa. Cuando su hermana y él se dirigieron a la casa principal, la casa de Samuel, que se encontraba en el mismo centro de Hope, no pensaban que les iban a encomendar una misión de tanta importancia. Pero lo hicieron. Y Joaquín estaba nervioso. Allá afuera solo estarían su hermana, Yara y él. Y para colmo Yara. Ella era una cazadora experta, que sabía moverse en completo silencio pero no era eso lo que le molestaba: pensaba que con ella a su lado, Claire peligraba pues él no funcionaría bien. Así se lo dijo a ella pero tan solo le dio un consejo: le dijo que respirara.
            «Que consejo más patético», pensó mientras apoyaba sus codos sobre el muro. El sol ya se estaba ocultando y el cielo tenía un color algo rosado. Un par de nubes grises y gordas vagaban por las alturas, casi sin poder ser arrastradas por el suave viento. Recordaba muchas cosas últimamente, cosas de cuando todo comenzó. Y fue con una enorme explosión seguida por un chirrido metálico. Los edificios cayeron. Los aparatos electrónicos cercanos al epicentro fueron destruidos. Pero la gente no murió por la explosión. No hubo siquiera incendios, a excepción de los indirectos. La gente enfermó. Al principio era solo una tos seca a la que luego se le añadía una fiebre intensa que hacía delirar. Muchos murieron en las primeras horas mientras que otros eran aquejados por dolores de cabeza, contracciones musculares y ceguera. Y eso no era todo. Los muertos no se quedaban muertos: ellos volvían.
            «¿Que pensarán?», se preguntó mientras juntaba sus manos. Tan absorto estaba en sus pensamientos que no se había percatado del infectado que se acercaba a los muros caminando lentamente por el campo. Tenía un pantalón largo, sucio y desgarrado. Iba descalzo y su camisa antes blanca estaba gris y llena de jirones. Una corbata negra se balanceaba sobre su pecho al caminar.
            El sonido de un disparo le hizo sobresaltarse. El infectado se derrumbó de cara al suelo y ya no se movió. Joaquín miró a su lado y vio a Yara, quien estaba guardando una pistola.
            —¿Por qué no lo mataste? —preguntó señalando a su cintura, en donde tenía su pistola enfundada.
            Joaquín no respondió y en cambio dirigió la vista hacia el campo. Todo parecía extrañamente en silencio. Pasados unos minutos, durante los cuales estuvieron en silencio y tensos, ambos bajaron de la muralla.
            —No debí haber disparado —comentó.
            «Cierto».
            —Eso ya es pasado. Además, yo debí matarlo, no quedarme mirando a ver qué hacía —dijo Joaquín.
            —¿Entonces por qué no lo hiciste? —preguntó Yara. Joaquín siguió caminando y no le respondió. Entonces ella se paró frente a él, haciéndole detenerse en medio de la calle—. ¿Y bien?
            —Tengo que estar seguro de que ya no tienen remedio —respondió y rodeándola, siguió caminando. Yara lo observó alejarse en silencio para luego ella darle la espalda y alejarse entre las casas.

            En el edificio central Claire y Yara estaban esperándole, ambas sentadas frente a una mesa larga. Observaban por la ventana lo que sucedía afuera mientras Daniel iba de aquí para allá con un par de ayudantes, moviendo cajas de alimentos, de ropa y agua. Muchos papeles servían de alfombra en un suelo cuyas losas blancas estaban llenas de suciedad.
            Cuando Joaquín entró, ambas se levantaron enseguida y agarraron sus mochilas. Las guió hasta el estacionamiento, en donde había una docena de autos que todavía funcionaban. Entraron en un Corolla del 2005 color rojo. Claire manejaba mientras Joaquín iba tranquilo, recostado en el asiento del pasajero. Detrás estaba Yara, quien usaba ropa de camuflaje.
            —Recuerden cual es la misión: buscar información del virus —recordó mientras encendía el auto. Con un estremecimiento el motor rugió.
            —¿Y cómo sabremos donde está? —preguntó Joaquín, enderezándose repentinamente.

            —Uno de los científicos habló así que vayamos y averigüemos como curar esa cosa —respondió mientras arrancaba.

miércoles, 24 de agosto de 2016

La Infección: Capítulo 4

Los Gemelos

Antes de la tormenta…
            El día estaba muy feo, de eso no cabía duda. Claire miraba arriba con el ceño fruncido. Esas nubes grises no le gustaban en lo absoluto. Con fuerza se arregló el cabello negro, amarrándolo en una coleta. Agarró luego su rifle, que descansaba junto a un vehículo destrozado y se acercó a los demás.
            —Habrá lluvia hoy —anunció—. Debemos irnos al refugio —añadió mientras buscaba a Joaquín con la mirada.
            Los demás la miraron apesadumbrados. Eran un grupo pequeño. La líder era Claire, una joven delgada y alta, de rostro perfilado, ojos almendrados y cabello negro. Encontró a su hermano de pie en medio de la calle, observando con binoculares hacia el horizonte, en donde un enorme campo de hierba verde se extendía hasta donde el alcanzaba a ver. Sintió cuando su hermana se detuvo a su lado.
            —No hay nada. Ni uno solo de esos infectados —dijo.
            —¿Y sobrevivientes?
            Joaquín la miró y negó con la cabeza. Claire bajó la mirada y asintió. Volteándose le puso una mano en el hombro a su hermano.
            —La encontraremos.

            Una hora después estaban en el refugio. Claire se detuvo un momento junto a las enormes puertas de metal. Claramente recordaba el día en que había visto esas puertas por vez primera. Habían corrido huyendo de los infectados que les perseguían sin descanso. Salieron de la carretera y se metieron por un enorme campo. Habían divisado un grupo de arbustos y se metieron entre los mismos pero al salir se toparon con más infectados vagabundos.
            —Venga, por aquí —dijo Joaquín, halándola hacia la izquierda.
            Cada vez jadeaban más. Las piernas les pesaban y dolían. Tropezaban y resbalaban tanto que lo único que les mantenía con vida era la distancia entre ellos y los perseguidores además de la velocidad de estos. Su hermano miraba al frente todo el tiempo pero ella no. Observaba a los lados por si se les acercaban repentinamente.
            Cuando encontraron otra carretera, la siguieron sin detenerse aunque decidieron ir más despacio. Media hora después encontraron un pequeño grupo de viviendas, todas abandonadas. Inspeccionaron una, en la cual se quedaron a descansar esa noche.
            En medio de la noche un golpe seco despertó a Claire. Con el corazón dando tumbos, se arrastró hasta la ventana y miró. Un grupo de infectados vagaba en el mismo patio. Pero estos no parecían ser infectados normales. Olisqueaban el aire y miraban en dirección a la casa. Entonces uno de ellos se acercó deprisa y comenzó a golpear. La puerta se estremecía con cada golpe mientras los gruñidos se hacían más fuertes.
            —¡Estamos muertos! —susurró Joaquín.
            —Aún no nos han rodeado —apuntó Claire dirigiéndose hacia la parte trasera de la casa. Sacó un cuchillo y abrió la puerta. Todo estaba en silencio. Del mismo modo salieron y cerraron la puerta. Luego corrieron alejándose lo más que pudieron de la casa sin saber a dónde se dirigían o en donde estaban.

            —¿Claire? ¡Claire!
            Claire dio un respingo. Sacudió la cabeza y se restregó los ojos. Entonces percibió que se había quedado de pie, muy quieta y con la mirada perdida, viajando en sus recuerdos.
            —¿Estás bien? —le preguntó Daniel, poniéndole una mano en el hombro.
            —Sí, estoy bien.
            Daniel sonrió comprensivo y entró por las puertas. Claire lo observó alejarse. Nunca había confiado mucho en él. Y es que le parecía un tipo simpático, de esos que creían poder ganarse a cualquier mujer solo con su sonrisa. Lo había intentado con ella pero Claire no era una de esas chiquillas enamoradas. Y era precisamente por eso que él se había interesado cada vez más en ella.
            —Ni aunque el mundo se acabe te dejará en paz —le dijo entonces Samuel, quien era el líder del refugio, un hombre de cincuenta y tantos. Sus ojos verdes brillaban en un rostro lleno de arrugas. El cabello gris lo llevaba largo y amarrado en una coleta.
            —Parece que no se rinde —comentó ella, mirándolo. El viejo le devolvió la mirada, asintiendo.
            —Entra ya que la lluvia nos cae encima —le indicó mientras se volvía lentamente, observando el cielo.
            Al mirar hacia atrás, Claire descubrió que ella era la única que aun permanecía afuera. Joaquín le esperaba junto a la puerta. Y el cielo se iba oscureciendo cada vez más…

            Joaquín y yo llegamos una noche. Nos topamos con las puertas y descubrimos que no podíamos avanzar. Ambos buscamos una salida lateral pero no la había. Los infectados nos cerrarían el paso y nos arrinconarían tarde o temprano. Así que decidimos dar nuestra última batalla allí. Cansados como estábamos, soltamos los bultos y sacamos los cuchillos. Al menos mataríamos a unos cuantos antes de caer. Pero cuando comenzaron a aparecer en frente, dos enormes faros se encendieron por encima de nosotros, a ambos lados de la puerta. Los infectados se detuvieron unos segundos. La puerta se abrió y de ella salieron una veintena de personas, hombres y mujeres, todos con rifles de asalto en sus manos. Abrieron fuego pero no se escuchó ni un disparo debido a los silenciadores. Entonces un par de ellos tomaron nuestros bultos mientras otros dos nos halaban hacia dentro. Así fue como entramos en Hope, un refugio para sobrevivientes.
            Un relámpago iluminó el cielo seguido de un trueno que hizo retumbar los cristales. Claire suspiró y cerró la libreta. Se restregó los ojos y no quitó las manos, apoyando los codos sobre el escritorio. Llevaba horas escribiendo y tenía la vista cansada. Estaba decidida a dejar por escrito todo lo que Joaquín y ella habían pasado. De esa forma los descendientes de los sobrevivientes sabrían como fue la vida de ellos durante esos tiempos. Observó la vela encendida. La cera caía en el plato sobre el que estaba la misma.
            Incorporándose se asomó por la ventana. La lluvia golpeaba los cristales con fuerza, con golpes rítmicos e hipnóticos. El viento aullaba. Los árboles se doblaban debido a la potencia del mismo. Las calles de Hope estaban vacías y oscuras. Las casas estaban protegidas por paneles de madera y los vehículos allí estacionados (unos cuantos jeeps) aun funcionaban. Pero conseguir gasolina no era fácil, como tampoco lo era conseguir comida y agua.
            En Hope había poco más o poco menos de cien personas. De ellas, diez eran niños y catorce ancianos. El resto de las personas variaban entre jóvenes de dieciocho años hasta adultos de cincuenta y todos sabían lo que debían hacer pues Samuel les había dado roles a cada uno. Debido a ello existía el orden. Solo había un rol que todos debían seguir: protegerse entre ellos mismos. Por esa razón Claire lo admiraba. El era un líder, un verdadero líder. Sabía cómo mantenerlos unidos. Pero había algunos entre ellos que entorpecían su trabajo. Y era por eso que ahora recordaba claramente las palabras que Samuel le había dicho, las cuales eran citadas del antiguo ex presidente de E.U. John F. Kennedy: “ten a tus amigos cerca y a tus enemigos aún más cerca ”.
            Alguien tocó a la puerta, arrancándola de sus pensamientos. Se aclaró la garganta y se acercó a la misma.
            —Ya voy.
            Al abrirla se encontró a Joaquín, quien llevaba dos tazas en sus manos. Le extendió una al tiempo que decía:
            —Abajo están reunidos charlando, recordando viejos tiempos e hicieron chocolate. Toma y ven, únete a nosotros.
            Agradecida, Claire tomó la taza y bebió. Estaba caliente y apenas pasó por la garganta comenzó a sudar. Cualquier rastro de frío desapareció. Luego se dirigió a su escritorio y se sentó en la silla frente a este.
            —No quiero recordar el pasado de esa forma.
            Joaquín entonces se asomó fuera de la habitación. Cuando estuvo seguro de que los pasillos estaban vacios, cerró la puerta y se acercó a su hermana.
            —Los ex militares no quieren decir nada…de hecho, dicen no saber nada —dijo en voz apenas audible. Claire sonrió con sorna.
            —Siempre es lo mismo con ellos. Es información clasificada —dijo ella sonriendo para luego levantarse y mirar las fotos colgadas en un collage sobre la pared.
            —Solo pude averiguar que todo esto no fue un accidente. El virus venía en los misiles que estallaron en las ciudades —relató rápidamente—. Todo inició por un ataque.
            Claire frunció el ceño y se quedó en silencio. Debía averiguar por qué había sucedido todo, para entonces saber cómo detenerlo. Ese era su rol secreto, el que Samuel le había conferido.
            —También debemos saber de quién eran esos misiles ya que ninguna nación los detectó —señaló ella, rompiendo el silencio dentro de la habitación.

            Por la oscuridad aún dominante, creía que eran las tres de la mañana. El estruendo que provocaban el viento, la lluvia y los rayos no le había permitido pegar ojo. Enojada, se quitó la sabana que la cubría y la tiró arrugada al pie de la cama. Agarró la bata que descansaba enganchada sobre una vieja percha y se la puso. Entonces bajó hasta la cocina.
            La casa en la que vivía era bastante nueva; de hecho, así eran todas. La cocina era pequeña, al igual que la sala y el comedor. Y eran esas las únicas habitaciones del primer piso. Antes había una mesa con un televisor, un par de radios y muchos discos de música pero todo había sido amontonado en otra casa que usaban como almacén. Ahora la sala estaba ocupada por dos sillones largos de cojines cuadrados cuya tela roja estaba bastante gastada. Junto a estos había tres sillones mecedores cuya tela era verde. Una sola mesa pequeña quedaba en medio de todo y sobre esta descansaba un mapa de la región.
            La cocina, en cambio, no estaba tan llena. Además de la estufa, el fregadero y una alacena tan solo había una nevera sin puerta pues no servía. Buscó un vaso y lo llenó con agua. Luego buscó entre las cajas de galletas y encontró un paquete de galletas de maní. Tomó dos y se retiró a la sala, sentándose frente a la mesa.
            Entre las tablas de la ventana se colaba una ráfaga de viento frío que la hacía temblar. Se arrebujo más en su bata y se inclinó sobre el mapa. Una línea curveaba claramente sobre los caminos, pintada de negro con un marcador. Claire la observó preguntándose qué rayos podría significar hasta que vio de donde comenzaba.
            —Comienza en el campo en donde nos perdimos… ¡en donde perdimos a Mónica! —exclamó y no pudo evitar las lágrimas. Evidentemente Joaquín aun quería partir en su búsqueda.