sábado, 15 de abril de 2017

La Infección: Capítulo 8

El Laboratorio

            El laboratorio se encontraba justo frente a ellos: una enorme caverna oculta en un bosque daba acceso al mismo. Cuando estuvieron cerca pudieron leer el nombre escrito en enormes letras negras: laboratorio de investigaciones especiales John Arnold Reagan. Unas escaleras daban acceso a un pequeño vestíbulo en donde les cerraba el paso una puerta de cristal.
            —No me gusta nada este sitio —susurró Yara. El eco se perdió entre las rocas de las paredes.
            —Un laboratorio oculto bajo tierra…típico —dijo Claire mientras subía las escaleras.
            Joaquín y Yara se apresuraron en seguirla. Los escalones estaban resquebrajados en algunos sitios y cubiertos de pequeñas rocas y terrones de tierra rojiza. Más de una vez resbalaron antes de llegar al vestíbulo.
            Observaron todo con atención: la puerta podría romperse pero haría ruido. Observaron la ranura a un lado de la misma y notaron que esta se abría hacia atrás.
            —Necesitamos una identificación de algún empleado —dijo Claire, pasando la mano por la puerta e intentando abrirla de un empujón.
            —No tenemos tiempo —dijo Joaquín y golpeó con la culata de su rifle. Una lluvia de vidrios cayó a sus pies.
            Claire y Yara aferraron sus armas con fuerza y miraron hacia atrás, tensas y nerviosas; sus corazones comenzaron a latir desenfrenados. Joaquín entró al laboratorio, en donde todo estaba a oscuras. Con su linterna buscó un interruptor y grande fue su sorpresa cuando al subirlo, las luces se encendieron.
            —Al menos está intacto —dijo mientras observaba las losas blancas del suelo, que brillaban debido a la luz.
            Ambas jovenes le siguieron, entrando deprisa.
            —Ten más cuidado para la próxima —susurró Claire, agarrándolo por un hombro. Luego dio un rápido vistazo a su alrededor—. Acuérdate que no estamos solos —añadió.
            La puerta por la que entraron daba acceso a un enorme pasillo que debía medir al menos una veintena de metros. A ambos lados del mismo había muchas puertas, algunas de madera y otras de cristal. En estas últimas podían observar grandes estantes llenos de frascos que contenían líquidos de diversos colores, además de mesas con microscopios, algunos que otros libros y carpetas sobre un escritorio y un par de computadoras apagadas.
            Abrieron las puertas una por una y las verificaron: las de madera eran simples oficinas, exceptuando unas cuatro de las que estaban al final que resultaron ser almacenes y covachas. El largo pasillo terminaba en una enorme puerta doble. La abrieron y se encontraron en una enorme sala cuyo techo era abovedado en inmenso. Las paredes estaban pintadas de blanco y las luces estaban apagadas. Justo al final de la sala se erguían cinco tubos de cristal enormes y flotando dentro de los mismos, en un líquido verdoso había…
            —¿Esos son extraterrestres? —preguntó Yara, entrecerrando los ojos y acercándose a los tubos.
            —¡No puede ser! —exclamó Joaquín, observándolos a todos.
            Claire no dijo nada. Observó con calma los cadáveres que flotaban en el líquido viscoso. «Son demasiado parecidos a nosotros», pensó mientras se acercaba, ahora un poco inquieta. Dos de ellos parecían ser de sexo masculino y los otros tres femeninos. Apenas se hubo acercado a ellos, abrieron los ojos y los miraron a los tres.
            Claire y Yara les apuntaron con sus armas pero Joaquín se interpuso.
            —¿Qué rayos haces?
            —Espera hermana…ella me está hablando —dijo mientras se volteaba y caminaba hasta uno de los tubos el cual contenía a una mujer delgada y pálida, de largo cabello plateado y ojos azules.
            —¿Qué le pasa, Claire? —preguntó Yara en un susurro.
            —Ni idea…no sé que hace.
            Joaquín asintió un par de veces, sin apartar la mirada de la prisionera y luego se giró escandalizado.
            —Debemos sacarlos de aquí, ahora —dijo mientras se dirigía hacia la pared, justo a su derecha.
Allí se detuvo y puso su mano sobre la misma: estaba fría. Cuando presionó un poco la pared se hundió y surgió del suelo una especie de consola llena de botones que brillaban de muchos colores. Hundió un par de botones pero Claire se acercó y lo detuvo, agarrándolo con fuerza por la muñeca.
            —¿A qué te refieres? —preguntó pero no hubo necesidad de que respondiera.
            —Oigan, alguien viene y al parecer no con buenas intenciones —avisó Yara, quien estaba ahora junto a la puerta.
            En el silencio que les siguió escucharon los pasos que se acercaban. Las puertas se fueron abriendo poco a poco hasta que las voces de los humanos fueron claramente reconocibles. Estos se daban órdenes y cargaban las armas mientras corrían. Se detuvieron a unos cinco metros de la sala en que estaban y abrieron las demás puertas. En apenas segundos ya había escritorios y estantes formando barricadas en el pasillo.
            —Salgan de la habitación con las manos en alto, no toquen nada si quieren conservar la vida.
            —No son de fiar —susurró Yara mientras quitaba el seguro de su rifle.
            Claire corrió hasta el otro lado de la puerta y dio una rápida ojeada. «Son demasiados y están bien protegidos», pensó mientras verificaba en sus bolsillos. «¡Y no traje una puta granada!». Cargó su arma deprisa y le quitó el seguro. Respiró profundo un par de veces y abrió fuego. Yara hizo lo mismo pero los humanos no tardaron en responder: las ráfagas de balas surcaban el pasillo y chocaban contra la madera de las puertas o de los escritorios.
           
«Hazlo, Joaquín. ¿Qué esperas?, dijo una voz en la cabeza del joven».
            «¿Podrán arreglar esto?»
«Sí».

Joaquín no dudó un segundo más: presionó un enorme botón rojo y con un zumbido los tubos se hundieron en el suelo. Claire y Yara, que se ocultaban de los disparos, lo miraron asombradas. Ambas iban a hablar cuando los tubos volvieron a salir, solo que ahora estaban vacios. Se hizo un silencio de muerte.
De repente los humanos gritaron. Comenzaron a disparar pero no hacia la sala, sino al otro lado del pasillo. Un par de ellos rompieron la puerta y cruzaron la sala hasta estrellarse contra la pared. Luego el silencio volvió a dominar.
—¿Qué sucedió? —preguntó Yara.
Apenas había terminado de hablar cuando se abrió la puerta y los cinco seres que estaban en los tubos entraron. Sujetaron a Claire y a Yara, cuyas armas cayeron al suelo con un ruido sordo. Joaquín se acercó a ellos, quienes lo observaron durante unos minutos que parecieron interminables. Entonces la mujer de cabello plateado sonrió y acercándose a él, le besó la frente para después hacer lo mismo con Claire y Yara.
«Todo estará bien. Pronto todo cambiará».

—¡Desaparecieron! —exclamó Yara cuando ella y Joaquín terminaron de buscar en las habitaciones.
—Ya no podemos hacer nada. Tan solo irnos —dijo Claire mientras seguía llevándose todos los cartuchos y armas que los humanos habían traído consigo.
—No, aún podemos descubrir la verdad sobre todo —dijo Joaquín y buscó bajo la consola hasta dar con una caja negra que estaba cerrada con llave—. Ella tenía razón: todo está aquí.
La seguridad en su voz era tal que a Claire le dio miedo. ¿Cómo era posible que su hermano se llevara tan bien con esos seres si solo los había visto una vez? Debían hablar sobre eso mas tarde.
—¿Qué te dijo?
—Me advirtió sobre los que nos atacaron —respondió Joaquín, mientras hacía memoria de lo sucedido. Claire y Yara intercambiaron miradas—. También mencionó que nada de esto fue idea de ellos, sino de los humanos y que averiguáramos todo lo posible sobre la operación Halley.
—Operación Halley…—dijo Yara, sin creerlo.
—¿Sabes algo sobre eso? —preguntó Claire impresionada.
—Creí leerlo en unos documentos que Samuel tiene en su oficina…creo que eran clasificados —respondió esta, encogiéndose de hombros.
—Bien, recojan todo —dijo Claire mientras agarraba la mochila como mejor podía y se la colgaba de los hombros—. Regresamos a Hope.

martes, 27 de diciembre de 2016

El Lápiz Mágico

Todo comienza el día en que descubres tu don. Ciertos escritores dirán que todo se debe a la imaginación o a la planificación, quizás, de las increíbles historias que de sus teclados o lápices nacen. Pero la verdad es más que eso. Cada historia pertenece a una dimensión distinta. No, los escritores no crean nada: tan solo narran lo que sucede en esas dimensiones. Son como un canal por donde fluyen las historias a las que tan solo contribuyen con detalles, haciéndolas más vividas y embelleciéndolas”.

            Las palabras de Erika resonaban en mi cabeza como un eco. Mi corazón parecía querer salirse del pecho y tuve que obligarme a normalizar mi respiración. Nada había sido fácil en estos días que pasaron. Las condiciones climáticas cambiaron drásticamente. Temo que las dimensiones se hayan desestabilizado a tal punto que los mundos se estén mezclando. No, Erika no cree que la situación sea tan mala, pero noto su inseguridad. Pese a ser la valkiria de la sabiduría, esto se le escapa a su conocimiento.
            La miré de reojo por el espejo retrovisor; su mirada perdida en el paisaje a nuestra derecha. A su lado, Dimitri intentaba darle ánimos pero todo de forma inútil: él mismo ya se está convirtiendo en un mirmidón, un agente de la destrucción. «Justo como yo lo imaginé», pensé con amargura al ver la venda en su brazo. La había cambiado hacía unos momentos y ya volvía a sangrar. «El caos es evidente».
            Detente aquí dijo Erika de repente.
            La carretera por donde íbamos estaba completamente abandonada. A ambos lados de la misma se extendía una llanura por la cual pacían las vacas, a las cuales solo una cerca blanca impedía entrar a plena calle. Estacioné en una orilla y los tres bajamos. El silencio que nos rodeó era sobrenatural. Una fina capa de niebla se retorcía cerca del suelo y en el cielo se podían observar repentinos fogonazos verdes que se convertían en letras y números. Estos flotaban unos instantes y luego se desvanecían.
            No hay nada aquí y el sol está por ocultarse dijo Dimitri, dando un vistazo alrededor. Su voz estaba cargada de decepción.
            Sí, más adelante murmuró Erika, dando unos pasos para luego volverse a mí. Sacó de su bolsillo un lápiz y me lo dio—. Debes irte a tu casa y escribir usando este lápiz.
            ¿Pero por qué?
            Quien abrió las dimensiones lo hizo debido a que el lápiz no pertenece a este mundo e intenta siempre regresar a su origen. Así es como pudo abrir caminos entre las mismas hasta el punto de mezclarlas. Con su dominio, tú podrás regresar todo a la normalidad respondió ella.
            Iba a protestar cuando Dimitri me interrumpió.
            Por lo general, siempre tiene razón.
Increíble…¡Ahora mis personajes me dictan lo que he de hacer!comenté irritado para luego asentir. Tomé el lápiz y lo guardé—. ¿Ustedes vendrán conmigo?
            Tenemos ciertas cosas que averiguar pero ya nos veremos después respondió Dimitri.
            Me quedé allí, viendo cómo ambos se internaban en la llanura. Repentinamente desaparecieron en un fogonazo azul, que me hizo sobresaltar. Sin saber qué hacer, volví al auto y me dirigí a casa.

            Era ya entrada la noche cuando llegué. «Gracias a Dios que mi familia está de vacaciones», pensé mientras bajaba corriendo las escaleras. Por las ventanas semi abiertas, vi las luces encendidas. «Extraño. Yo no las dejé así». Apenas había dado unos pasos después de abrir la puerta cuando sentí un fuerte golpe en la cabeza.
            Cuando desperté estaba sentado en uno de los sillones, con las manos atadas. Veía todo borroso. Al recuperar completamente la vista, vi a una mujer sentada frente a mí, mirándome. Era delgada y llevaba un traje verde ceñido a la cintura. Su cabello rojo intenso, rizado y sus ojos verdes eran los más hermosos que había visto. Un escalofrío recorrió mi espalda. Conocía a esa mujer. Era tal como la había imaginado, después de que me decidiera a cambiarle la imagen debido a los comentarios de mis compañeros Literautas. No había duda.
            —Ryan Infield Ralkins —dijo mientras se golpeaba un muslo con su famoso cuchillo— tenemos mucho de qué hablar. Víktor, desátale las manos —ordenó y este obedeció deprisa.
            —¡Lady Constance! —fue todo lo que pude decir.

            «¡Que Dios me ayude!», pensé mientras me perdía en su sonrisa y en la belleza de su rostro, sin estar seguro de cómo debía sentirme…

miércoles, 30 de noviembre de 2016

La Infección: Capítulo 7

Rugidos de Muerte

            —¡Nos sigue! ¡Nos sigue! —gritaba Beatriz, histérica.
            Hunter apretó los dientes. Los gritos de ella y el llanto de Connor le tenía los nervios de punta. Solo Mónica estaba en silencio, intentando normalizar su respiración a la vez que sostenía su pistola con fuerza. Ya sabía dispararla: tan solo aguardaba la oportunidad. Frente a ellos, la carretera estaba despejada. Detrás el monstruo jadeaba y a veces rugía. Hunter tuvo que girar casi por completo el guía debido a que la carretera ahora curveaba, internándose entre dos colinas. Al bajar la velocidad, la criatura se colocó junto a ellos. Los ojos rojos brillaban como la sangre. Beatriz abrió la boca para gritar pero no emitió ningún sonido.
            —¡Sujétense bien! —exclamó mientras giraba el guía hacia la izquierda.
            Pero la criatura previó el golpe. Rugiendo, corrió y golpeó con fuerza la puerta trasera del auto, que se abolló con un crujido metálico. Esta vez Mónica gritó. Beatriz agarró a Connor y se sentó en medio, intentando mantener distancia con las puertas. Hunter aprovechó que había entrado a una carretera recta durante más de una centena de metros y aceleró. Por el retrovisor podía observar a la criatura, que rugía furiosa sin desistir en su persecución.
            —Mónica, Beatriz, prepárense que esto se puede poner feo —dijo y hundió el freno.
            Con un enorme chirrido el auto se fue deteniendo a la vez que derrapaba hacia los lados. Hunter lo mantuvo lo mas derecho posible pero un impacto en la parte trasera les hizo girar en la carretera y caer en el campo, fuera de la brea. El plan había resultado. Agarrando la escopeta de manos de Mónica, Hunter bajó y corrió hacia la criatura, que yacía una docena de metros por delante de ellos. Aún estaba viva e intentaba levantarse cuando le dio alcance. Emanaba un olor nauseabundo y de sus numerosas heridas brotaba la sangre de un color verde ácido.
            Hunter se detuvo unos segundos y la observó de la cabeza a los pies. Su piel era lisa y en algunos puntos estaba creciendo un pelo ralo y negro. Sin pensarlo más, apuntó a la cabeza y disparó dos veces. La brea quedó llena de los restos de la criatura mientras la sangre formaba un charquito. Respirando aliviado, regresó junto a las mujeres y el niño, quienes permanecían en el auto. En sus rostros podía notar aun el miedo. Sin decir nada encendió el auto y siguió la carretera aunque no tenía idea alguna de donde estaban.
           
Un par de horas después se detuvieron en las afueras de una ciudad. Los deteriorados edificios se alzaban como sombras: recuerdos de un pasado al que era imposible volver.
—No entraremos ahí, ¿verdad? —susurró Mónica. Al ver que Hunter se quedaba en silencio, con la vista clavada en los edificios, añadió: —Si Connor llora, los atraeremos a todos.
Hunter suspiró.
—Buscaremos otra ruta.
Ambos estuvieron buscando durante minutos enteros hasta al fin encontrar una carretera que se alejara de la ciudad pero la misma quedaba cinco millas atrás. Después de discutirlo por varios minutos y con Beatriz ahora despierta y atenta, decidieron atravesar la ciudad en la mañana.
Los tres salieron unos minutos a caminar y estirarse hasta que el sol se puso en el horizonte. Entonces regresaron al auto y cerrando las puertas con seguro, intentaron estar lo más cómodos que podían.
—Antes solía desear a que sucediera algo así —comentó Mónica, rompiendo el silencio. Hunter la miró pero ella observaba por la ventanilla. Beatriz escuchaba atentamente.
—Todos deseamos algo así en algún momento de nuestras vidas —dijo Hunter restándole importancia.
—Sí, ¿pero a cuantos se les cumplió? —dijo ella y se giró hasta él—. Justo cuando yo lo hice, todo ocurrió.
Apenas terminó de hablar, restregó sus ojos y fijó su mirada al frente. Hunter hizo lo mismo. Beatriz se encogió de hombros y se impulsó hacia el frente, apoyando sus manos de los reposabrazos de los asientos.
—Me inquietan esas criaturas que salieron de los cadáveres… ¿De dónde salieron?
Ninguno pudo responder a esta pregunta y en poco tiempo se rindieron ante el sueño.

Hunter cubrió sus ojos mientras intentaba ver. Los restregó con fuerza y luego los abrió. Una intensa luz blanca brillaba sobre la ciudad, surgida casi de la nada le había despertado. A su lado, Mónica abrió los ojos de par en par e iba a gritar cuando Beatriz le tapó la boca.
—¡Shhhh! —dijo.
—¿De dónde salió? —preguntó Hunter inclinándose hacia el frente.
—Vino del oeste y se posó sobre la ciudad aunque no era tan intensa —susurró Beatriz, soltando a Mónica.
La luz siguió brillando con intensidad, ahuyentando las sombras. Entonces hizo ademan de apagarse y volvió a brillar con intensidad para luego apagarse, siguiendo ese patrón de forma intermitente. Estuvo así por unos minutos hasta que se apagó y cuando lo hizo pudieron ver otras luces menores, también blancas pero menos intentas. Estaban sobre algo que parecía una nave de forma circular.
            Hunter tragó saliva y abrió los ojos de par en par, sin poder creer lo que veía. Y mientras observaba, la nave subió lentamente unos metros para luego despegar con rapidez hasta desaparecer. Aun no se habían recuperado del todo cuando un rugido rasgó el silencio nocturno, devolviéndoles a la realidad. El rugido se hizo eco en la ciudad y en apenas segundos comenzaron a aparecer sombras que rugían entre los edificios.
            —¡Vienen hacia acá! —exclamó Mónica, aferrando la escopeta con fuerza.
—Intenten esconderse y no hagan ruido —dijo Hunter mientras se ocultaba lo mas que podía en el asiento.
Las mujeres obedecieron enseguida. En un principio no sucedió nada. Solo escuchaban su respirar agitado mientras esperaban. Segundos más tarde sintieron que algo caminaba junto al auto, resoplando con fuerza. La criatura se detuvo, rugió con fuerza, haciéndoles taparse los oídos y luego reanudó su camino.
Tardaron unos diez minutos en pasar y los rugidos se perdieron en la carretera, a espaldas de ellos.

Apenas el sol salió, estaban en marcha. La ciudad estaba completamente abandonada. Los edificios descoloridos y resquebrajados a duras penas se mantenían en pie. Muchos escombros obstaculizaban las carreteras ya que el bombardeo del ejército para intentar detener a los infectados, había tenido más éxito con los edificios. Algunos de estos tenían enormes machas negras. Muchos autos destrozados ocupaban el estacionamiento frente a las aceras.
—Nacieron muchos aquí —comentó Beatriz, observando por la ventanilla. A su lado, Connor permanecía amarrado al car seat, moviendo sus piernas y brazos mientras reía atento a las muecas que Mónica le hacía.
—Debemos conseguir un lugar seguro pronto —masculló Hunter, observándolo todo. —Debe haber sobrevivientes.
Estaban justo en medio de la ciudad cuando se toparon con una enorme criatura que parecía estar muerta justo en medio del camino. Hunter buscó como rodearla pero no encontró forma.
—Bien, bajaré y veré que puedo hacer. Mónica, siéntate frente al guía por si acaso —dijo y bajó del auto luego de abrir el baúl. De allí sacó algunos cartuchos que amarró en su cintura y un rifle de asalto.
La enorme criatura hedía. El sol se alzaba en lo alto, calentando la brea y eso no ayudaba en absoluto. Limpiando el sudor con el dorso de su mano, Hunter llegó hasta la misma y la examinó. Era enorme: rechoncha, de piel negra y húmeda, arrugada como de anfibio, ojos saltones y un enorme hocico lleno de dientes. El cuerpo era como un enorme barril y las patas eran fuertes. Sus dedos terminaban en enormes y curvadas garras.
Intentó moverla un poco, sus patas al menos pero no había manera alguna. Fue hasta el auto,  recostándose del mismo. Mónica bajó la ventanilla.
—No hay manera.
—¿Está muerto?
—Sí.
Una expresión de alivio se adueñó del rostro de Mónica, quien incluso sonrió.
—Tomemos entonces un camino secundario.
Hunter iba a contestar cuando escuchó gritos que venían de la carretera, del lado izquierdo. Mónica encendió el auto y cerró la ventanilla pero Hunter corrió hasta allá solo para ver como dos muchachos combatían a los infectados. Uno de ellos estaba ensangrentado y apenas podía mantenerse en pie. Hunter se acercó y comenzó a disparar contra el grupo de cadáveres. La mayoría cayó al instante y los que no, intentaron levantarse solo para que los muchachos reventaran sus cráneos con bates. Pero un grupo salió del edificio a espaldas de ellos y se abalanzaron sobre el muchacho herido, quien fue sorprendido y aunque combatió a algunos, no pudo sobrevivir.
—¡Sean, no! —gritó el que quedaba en pie e intentó ayudarlo pero los gritos del joven moribundo cesaron casi de inmediato.
—Vamos, antes de que nos maten también —dijo Hunter, después de dispararles a los últimos infectados.
—No puedo dejarlo…no puedo…  —balbuceó el joven mientras observaba el cadáver de Sean, rodeado por los cadáveres de los infectados.
—Terminarás así si te quedas —dijo Hunter, sacudiendo. Pasados unos segundos, este asintió y lo siguió.
—¿Cómo te llamas?
—Hunter, ¿y tú?
—Jacob.
—Bien, Jacob, si quieres unirte sube al auto —dijo Hunter mientras abría la puerta trasera derecha de la Rav4. Jacob se detuvo.
—Espera, ¿saldrán de la ciudad? —preguntó. Hunter asintió—. No puedo salir. Hay un grupo de sobrevivientes que no puedo dejar: mi hermana y también mi novia están entre ellos.
            —¿Cuántos son? —preguntó Mónica, quien había salido del auto y escuchaba la conversación sin apartar los ojos del muchacho. La escopeta estaba firme en sus manos.

            —Unos veinte.

martes, 4 de octubre de 2016

La Infección: Capítulo 6

Hijos de la Infección

            Hunter estaba acostado de pecho en el suelo. Se había arrastrado lentamente hasta el borde de una colina y después de echar una mirada hacia atrás, a la Rav4 negra en donde estaban Beatriz, Connor y Mónica, sacó sus binoculares y se dispuso a mirar abajo.
            Entre los edificios arruinados y abandonados veía muchos autos en un enorme estacionamiento. Y recostados sobre al lado de los autos veía a muchos infectados. La mayoría apenas se movía y los pocos que lo hacían, no podían estarse en pie.
            —¿Qué rayos les sucede? —se preguntó mientras barría el estacionamiento de izquierda a derecha.
            Entonces se detuvo repentinamente. Uno de los infectados cayó de espaldas al suelo y se quedó inmóvil. Pero eso no fue todo lo que sucedió con él. Mientras Hunter observaba, el cadáver se infló hasta el doble de su tamaño para luego estallar. Las entrañas y demás restos cayeron regados a su alrededor. Y en donde había estado el cadáver ahora observaba claramente a una criatura de color verde oscuro. En un principio se quedó inmóvil pero después se sacudió  y rugió. Tenía unos dientes afilados y una cola larga. Sus ojos brillaban de un color rojo sangre, muy intenso pero eso no era lo peor. Poco a poco, como respondiendo a su rugido, los demás infectados comenzaron a estallar…al menos los que por su aspecto parecían tener varias semanas.
            «Hora de irse», pensó Hunter mientras retrocedía hasta la camioneta. Abrió la puerta rápidamente y entró intentando no hacer ruido. Por el rostro de Mónica y Beatriz, adivinó que estas habían escuchado el rugido.
            —Pongan seguro a las puertas, mantengan los cristales cerrados, agáchense y quédense en silencio —ordenó Hunter antes de que hablaran.
            Ambas obedecieron en seguida. Oyeron más rugidos. Estos sonaban aterradoramente cerca ahora. Connor agitó sus manitas y piernitas. Hunter y Mónica abrieron sus ojos de par en par pero Beatriz solo lo meció un poco mientras susurraba.
            De la nada comenzaron a subir por la colina. Eran al menos una decena y todos del mismo tamaño: tres pies de altura. En un hocico como de murciélago podían verse una veintena de colmillos blancos y afilados. Los ojos eran enormes, rojos y estaban a los lados de la cabeza. El cuerpo era musculoso y las patas terminaban en garras.     
            Uno por uno pasaron junto al auto sin hacerle el más mínimo caso, a excepción del último que se detuvo justo donde Hunter había estado acostado. Olfateó el suelo unos instantes, rugió y siguió a los demás.
            Nadie se atrevió a hablar durante unos minutos. Apenas si se atrevieron a mirar a los lados. Hunter fue el primero en moverse, observando por el espejo de atrás. La carretera estaba vacía: era obvio que se habían internado entre los árboles al otro lado del camino.
            —¡Que digan lo que quieran pero estos monstruos no surgieron por el H1N1! —exclamó Mónica, recuperando el habla de repente.
            —Totalmente de acuerdo —asintió Hunter mientras buscaba su pistola.
            —No debimos dejar la casa. Allí estaríamos más seguros —opinó Beatriz, que seguía meciendo a Connor.
            Hunter negó con la cabeza.
            —Allí nos habrían rodeado y sería solo cuestión de tiempo.
            —¿Y qué haremos ahora? —preguntó Mónica.
            —Primero que nada, bajaremos hasta ese estacionamiento… —comenzó a decir Hunter pero Beatriz le interrumpió.
            —¡Estás loco! ¡Nos matarán!
            —No pueden moverse así que debemos quemarlos para que no salgan esas otras cosas —apuntó Hunter y luego añadió: —Además, hay una armería intacta allí.
            Mónica y Beatriz se quedaron en silencio, pensando en lo que Hunter acababa de decir.
            —Bueno, necesitamos las armas —comentó Beatriz no muy convencida.
            Hunter estacionó el vehículo junto a la caída verja del estacionamiento. Ninguno de los infectados se les acercó y ninguna otra cosa les seguía. Mónica y él bajaron deprisa, ambos llevando sus cuchillos en sus cintos y bates en mano. Corrieron entre los restos de infectados que estaban esparcidos sobre la brea, cubiertos de un líquido amarillo, oscuro y pegajoso.
            —¡Qué asco! —murmuraba Mónica, intentando esquivarlos con poco éxito.
            Hunter no le hacía caso. Mientras caminaba, observaba a todos los infectados, los que estaban cerca y lejos. Desconfiaba de ese silencio y para colmo el día estaba soleado y el cielo completamente despejado: ni siquiera el clima les podía ayudar a ocultarse en ese día. Uno de los infectados extendió su mano y le agarró la bota. Hunter sacó el cuchillo y lo hundió en su frente. La mano lo soltó. Le hizo señas a Mónica y ambos continuaron su camino.
            Minutos después llegaron a la armería. Era un edificio oscuro y estrecho. Apenas tenía un par de sillas a cada lado y un mostrador enfrente. Detrás del mostrador había una puerta enorme pero cerrada. Hunter la verificó de cerca, alumbrándose con una linterna, tapándose un poco la nariz para no respirar el olor a carne en descomposición que invadía el ambiente.
            —¡Perfecto, no ha sido bandalizada! —exclamó aliviado.
            —Pero está cerrada —señaló Mónica, desesperanzada. Estaba justo al lado de la puerta, observando el auto en donde les esperaban Beatriz y Connor.
            —Si, pero si mi teoría es cierta…—dijo y se movió hacia el cadáver de un sujeto vestido de azul oscuro—, las llaves están aquí—. Apenas lo dijo, agarró un manojo de llaves del bolsillo del muerto.
            El candado se abrió con un clic y Hunter entró a la bóveda. Tal como pensaba, encontró desde pistolas y escopetas, hasta rifles de asalto y un par de rifles de francotirador. Había gas pimientas, pistolas taser, cuchillos de militares y otras tantas cosas más. Buscó entre unas cajas de cartuchos y balas hasta encontrar unas enormes mochilas negras.
            —Mónica, ayúdame —susurró desde la puerta de la bóveda.
            Esta llegó corriendo enseguida. En unos veinte minutos tenían unos diez bultos cargados de balas, cartuchos y armas de diferentes tamaños. Tardaron una media hora más en llevarlos al auto.
            —Ah… ¿Hunter?
            —Si, Mónica, ya lo sé —dijo Hunter entre dientes mientras cargaba los últimos dos bultos.
            Cuando estuvieron en el baúl del auto, cerró con llave y corrió hacia la bóveda junto a Mónica. Llenaron un par de cartuchos cada uno y cerraron con candado.
            —Por si tenemos que regresar algún día —dijo mientras salían de la tienda.
           
            —¿Ya terminaron? —preguntó Beatriz cuando ambos se acercaron nuevamente al auto.
            —No, aun debemos quemarlos —respondió Hunter.
            —Pues dense prisa antes de que nazcan —aconsejó Beatriz, alterada.
            —¿Cómo los quemamos? —preguntó Mónica.
            Beatriz se encogió de hombros, mordiéndose los labios. Tenía un tic en la pierna y no paraba de mirar hacia atrás y a los lados. Hunter dio un vistazo también, buscando algo que les ayudara pero no encontró nada. Resignado, cerró la puerta del auto y sacó un encendedor del bolsillo. La pequeña llama bailó un momento acariciada por la brisa antes de desaparecer.
            —Intentemos quemarles la ropa —propuso.

            Las llamas tardaron en encender la tela pero apenas lo hicieron, consumieron la carne también. Los infectados se movían levemente mientras eran consumidos como si de antorchas se tratara. Otros se quedaron quietos. Los huesos crujían y el olor a carne quemada invadió el aire. Una enorme espiral de humo ascendía ya sin control alguno.
            Escucharon un ruido seco. Mónica se quedó paralizada mirando hacia atrás. Uno de los infectados estaba hinchándose sobremanera y aun no se quemaba del todo. Hunter la agarró por el codo.
            —Vamos al auto —le susurró mientras la halaba.
            Ambos se fueron lo más en silencio posible pero apenas habían dado unos pasos cuando el cadáver reventó. Mónica y Hunter olvidaron toda precaución y corrieron. Ignoraron un rugido a sus espaldas; tenían la vista fija solo en el auto, desde el cual Beatriz les hacía señas con las manos.
            —¡Deprisa, deprisa! —gritaba mientras Hunter y Mónica se montaban y cerraban la puerta, ambos jadeando y cubiertos de sudor.
            —¿Crees que nos haya seguido? —preguntó Mónica, agitada.
            Hunter abrió la boca pero no respondió. La criatura que acababa de nacer estaba de pie en el borde de la colina, observándolos directamente. Abrió la boca y dejó ver unos colmillos blancos, largos y delgados.

            —¡Hora de irnos! —exclamó Hunter. Encendió el auto y poniéndolo en reversa, entró en la carretera.

domingo, 18 de septiembre de 2016

La Infección: Capítulo 5

La Búsqueda

            Cuando salió el sol, dos días después de la tormenta, ya todo había vuelto a la normalidad. Se limpiaron los escombros de la mejor forma que pudieron y aprovecharon para hacer más fuertes y seguras las viviendas. Joaquín observaba el mover de todos desde la torre, un edificio que ellos mismos habían levantado. Era de unos cuatro metros de ancho y tenía diez pisos de alto. Arriba tenía un buen techo, unas planchas de metal para protegerse de los disparos, unos binoculares y un par de de bultos: uno con comida y el otro con balas.
            Los habitantes de Hope, hombres, mujeres, niños y ancianos, trabajaban en equipo. Apenas si quedaban un par de vigías apostados sobre las torres de los portones.
            —¿Joaquín?
            —Si, Claire, ¿qué pasa? —preguntó mientras la saludaba con una mano.
            —¿Qué ves?
            Joaquín miró hacia fuera de Hope. La llanura estaba silenciosa. Los arbustos y árboles se mecían suavemente debido a las ráfagas de viento pero fuera de ellos, solo los pájaros se movían. Negó con la cabeza mientras seguía observando con los binoculares.
            —No se mueve nada, excepto los pájaros.
            —Entendido.
            Luego se sentó en una pequeña silla metálica. Se restregó los ojos y volvió a mirar por los binoculares. Entonces vio un auto que se acercaba a toda prisa. Lo observó esquivar escombros por el camino hasta que se detuvo junto a las puertas. Agarró el radio.
            —Abran la puerta, es Samuel —indicó.
            Abajo la enorme puerta se abrió hacia atrás, dejando entrar el vehículo para luego cerrarse con estrepito. Vio a todos correr hacia el auto, luego vio a algunos alejarse a toda prisa.
            —Joaquín, vigila el perímetro y alértanos de cualquier cosa rara que veas —ordenó Daniel con voz enérgica.
            —Entendido —dijo este mientras volvía a mirar.
            —¿Qué le sucedió? —escuchó claramente a su hermana preguntar.
            —Infectados nos atacaron y en la huida Samuel cayó sobre su cuchillo, enterrándoselo en el abdomen —relató Daniel con voz jadeante—. Huimos deprisa pero nos seguían cientos de ellos —terminó.
            Sin perder un segundo, Joaquín agarró con fuerza el rifle de francotirador que descansaba sobre un trípode. Verificó que estuviera cargado y dejó más cartuchos de balas justo al lado del mismo. Barrió la llanura usando la mira. Todo seguía tranquilo: por ahora no había signos de persecución.
           
            Por la tarde, Joaquín fue relevado por Yara, una joven de rostro delgado, cabello castaño y lacio, ojos color miel y cuerpo atlético. Apenas se encontraron al pie de la torre, ella le sonrió y él se tropezó y dejó caer su mochila, desparramando todo su contenido por el suelo.
            —Lo siento —murmuró mientras se doblaba y comenzaba a recoger todo deprisa.
            —Tranquilo, te ayudo —dijo Yara arrodillándose junto a él.
            Apenas terminó, cerró la mochila, murmuró un hasta luego y se fue. Escuchó la risa de Yara y el hasta luego que le dijo mientras se encontraba con Claire, que parecía muy divertida.
            —Entonces Yara y tu…
            —Cállate.
            Joaquín se sonrojó mientras su hermana reía. Se dirigieron por un camino de piedras entre un par de casas. Luego se detuvieron al borde de la calle mientras un par de vigilantes manejaban una excavadora. El ruido que hacía la misma no les dejaba escuchar lo que decían así que hicieron silencio. Cuando hubo pasado, reanudaron la marcha y Claire le informó de todo.
            —Samuel tardará mucho en sanar pero al menos sobrevivirá.
            —¿Y quién dirigirá Hope mientras se recupera? —preguntó Joaquín mientras corría, esquivando un enorme charco de agua.
            Claire lo miró como si fuera lo más obvio del mundo. Él no pudo evitar sonreír. No dijeron nada durante unos minutos.
            —Entonces, Daniel y tu…
            —Cállate.

            Desde la puerta observaba las afueras de Hope. Había estado caminando por la muralla alrededor del pueblo pero todo estaba tranquilo. Dentro del pueblo ya era otra cosa. Cuando su hermana y él se dirigieron a la casa principal, la casa de Samuel, que se encontraba en el mismo centro de Hope, no pensaban que les iban a encomendar una misión de tanta importancia. Pero lo hicieron. Y Joaquín estaba nervioso. Allá afuera solo estarían su hermana, Yara y él. Y para colmo Yara. Ella era una cazadora experta, que sabía moverse en completo silencio pero no era eso lo que le molestaba: pensaba que con ella a su lado, Claire peligraba pues él no funcionaría bien. Así se lo dijo a ella pero tan solo le dio un consejo: le dijo que respirara.
            «Que consejo más patético», pensó mientras apoyaba sus codos sobre el muro. El sol ya se estaba ocultando y el cielo tenía un color algo rosado. Un par de nubes grises y gordas vagaban por las alturas, casi sin poder ser arrastradas por el suave viento. Recordaba muchas cosas últimamente, cosas de cuando todo comenzó. Y fue con una enorme explosión seguida por un chirrido metálico. Los edificios cayeron. Los aparatos electrónicos cercanos al epicentro fueron destruidos. Pero la gente no murió por la explosión. No hubo siquiera incendios, a excepción de los indirectos. La gente enfermó. Al principio era solo una tos seca a la que luego se le añadía una fiebre intensa que hacía delirar. Muchos murieron en las primeras horas mientras que otros eran aquejados por dolores de cabeza, contracciones musculares y ceguera. Y eso no era todo. Los muertos no se quedaban muertos: ellos volvían.
            «¿Que pensarán?», se preguntó mientras juntaba sus manos. Tan absorto estaba en sus pensamientos que no se había percatado del infectado que se acercaba a los muros caminando lentamente por el campo. Tenía un pantalón largo, sucio y desgarrado. Iba descalzo y su camisa antes blanca estaba gris y llena de jirones. Una corbata negra se balanceaba sobre su pecho al caminar.
            El sonido de un disparo le hizo sobresaltarse. El infectado se derrumbó de cara al suelo y ya no se movió. Joaquín miró a su lado y vio a Yara, quien estaba guardando una pistola.
            —¿Por qué no lo mataste? —preguntó señalando a su cintura, en donde tenía su pistola enfundada.
            Joaquín no respondió y en cambio dirigió la vista hacia el campo. Todo parecía extrañamente en silencio. Pasados unos minutos, durante los cuales estuvieron en silencio y tensos, ambos bajaron de la muralla.
            —No debí haber disparado —comentó.
            «Cierto».
            —Eso ya es pasado. Además, yo debí matarlo, no quedarme mirando a ver qué hacía —dijo Joaquín.
            —¿Entonces por qué no lo hiciste? —preguntó Yara. Joaquín siguió caminando y no le respondió. Entonces ella se paró frente a él, haciéndole detenerse en medio de la calle—. ¿Y bien?
            —Tengo que estar seguro de que ya no tienen remedio —respondió y rodeándola, siguió caminando. Yara lo observó alejarse en silencio para luego ella darle la espalda y alejarse entre las casas.

            En el edificio central Claire y Yara estaban esperándole, ambas sentadas frente a una mesa larga. Observaban por la ventana lo que sucedía afuera mientras Daniel iba de aquí para allá con un par de ayudantes, moviendo cajas de alimentos, de ropa y agua. Muchos papeles servían de alfombra en un suelo cuyas losas blancas estaban llenas de suciedad.
            Cuando Joaquín entró, ambas se levantaron enseguida y agarraron sus mochilas. Las guió hasta el estacionamiento, en donde había una docena de autos que todavía funcionaban. Entraron en un Corolla del 2005 color rojo. Claire manejaba mientras Joaquín iba tranquilo, recostado en el asiento del pasajero. Detrás estaba Yara, quien usaba ropa de camuflaje.
            —Recuerden cual es la misión: buscar información del virus —recordó mientras encendía el auto. Con un estremecimiento el motor rugió.
            —¿Y cómo sabremos donde está? —preguntó Joaquín, enderezándose repentinamente.

            —Uno de los científicos habló así que vayamos y averigüemos como curar esa cosa —respondió mientras arrancaba.