miércoles, 28 de enero de 2015

La Isla de los Náufragos: Capítulo 1

La Isla en el Triángulo

El vaivén de las olas causaba nauseas. El frío nocturno helaba la mojada piel y la ropa se pegaba al cuerpo causando molestia. Los dientes castañeaban tanto que parecían estar a punto de romperse. El barco en el cual viajaban se había hundido de manera inexplicable y los que habían podido salir lo hicieron en botes salvavidas…los más afortunados. El resto tuvo que saltar por la borda y alejarse a nado o aferrados a restos del barco que flotaban en las cercanías. Y además de eso era de noche.
            Una noche oscura y llena de estrellas que no proveían información alguna ya que nadie sabía usarlas para orientarse. Por esa razón flotaban a la deriva, pensando en que morirían en poco tiempo.
            –Hubiese sido mejor que nos hubiéramos hundido con el barco –dijo Rómulo.
            –Nunca llegaremos a tierra –decía Eddie desesperado, el único del trío que sabía nadar bien pues era requisito ya que trabajaba como guardia de seguridad del barco.
            –¿Kyra estará bien? –preguntó Jafet aferrándose con más fuerza a la madera. La preocupación en su rostro era genuina.
            Pero nadie respondió a su pregunta. En poco tiempo un manto cubrió las estrellas. Los relámpagos ahora surcaban el firmamento seguidos de estruendosos rayos y las olas se alzaban con mayor violencia. El viento también hacía de las suyas, soplando con más ímpetu.
            –¡Estamos muertos! ¡Estamos muertos! –exclamó aterrado Rómulo.
            Intentó subir a la madera pero esta no soportó su peso y con un chapoteo regresó al agua. Cuando volvió a flotar estaba gritando. Sus aterradores gritos no pudieron ser ahogados por los truenos o por la lluvia. Jafet y Eddie se acercaron deprisa pero al llegar Rómulo se había perdido en las profundidades.
            –Rómulo, ¿dónde estás? –gritaron por espacio de unos minutos, mientras las olas arremetían cada vez con más fuerza.
            –Está muerto –dijo Eddie con voz temblorosa y cansada. Algo en su tono de voz no le gustó a Jafet, quien rápidamente lo miró. –Gracias por salvarme del hundimiento, amigo.
            Apenas terminó de hablar, metió una mano en el bolsillo y sacando un revólver, lo puso en su boca y apretó el gatillo. Jafet intentó detenerlo pero no llegó a tiempo. Un grito se atascó en su garganta y las lágrimas no tardaron mucho en acudir.
            Mientras lloraba como un niño, la tormenta desató toda su furia sobre él y sin problema alguno se rindió ante su furia. Sus músculos estaban agarrotados, cansados de tanto nadar y combatir contra el embravecido mar. El frío penetraba en su ser, dificultando su respiración. Los ojos le ardían por la sal y la sed quemaba su seca garganta.
Quería morir y lo pedía a gritos cuando percibió que algo rozaba sus pies. Era algo áspero y de movimientos ágiles. Se quedó quieto. Mil cosas pasaron por su mente y ninguna le tranquilizó. Sabía que algo que pudiese nadar en una tormenta como esa no sería algo bueno. Al poco tiempo lo que era pasó por su lado y volvió a rozarle pero esta vez sintió también que el agua se calentaba junto a su pierna. Rápidamente metió la mano hasta ella pero no la encontró: sintió solo un chorro de sangre caliente…su propia sangre caliente.
Un repentino calor invadió su pecho. Abrió la boca en un grito mudo mientras su corazón latía a mil por minuto. Sintió que algo lo agarraba ahora por la cintura y lo hundía en la oscuridad. Mientras los dientes del tiburón se clavaban en su cuerpo, la sangre salía a montones por las heridas y por su boca. El tiburón lo sacudió unas cuantas veces y mientras lo hacía, Jafet le daba gracias por sacarlo de su miseria.
–Kyra, lo siento amor mío –fueron sus últimas palabras antes de que su existencia se desvaneciera de este mundo.

–¿Qué te sucede, Jafet? –preguntó Kyra al despertar a su lado.
–Ahora lo recuerdo todo, Kyra –respondió mientras secaba el sudor de su rostro. Tembló visiblemente pero no le importó. La pálida luz del sol le hizo parpadear varias veces. Kyra pasó una mano por su espalda llena de arena. –Vi las muertes de ellos…de Rómulo, Eddie y de un desconocido.
–Ya eso es pasado. Nosotros estamos vivos –dijo. Luego cubrió sus ojos con ambas manos. –No todos pudieron llegar a tierra firme –añadió con voz cansada y llena de dolor.
Al mirarla al rostro vio que sus ojos estaban hinchados y enrojecidos. Durante unos segundos pensó en lo que ella dijo pero sus palabras no lo tranquilizaron. Al contrario, le dieron en que pensar.
–¿En dónde estamos?
–¿Importa?
–Sí, porque no había islas en el triángulo.
De golpe percibió la extraña quietud que les rodeaba. Hasta el mismo viento había hecho silencio.
“No saldremos nunca”, pensó para sí mientras una ola de miedo lo cubría de pies a cabeza.

No hay comentarios:

Publicar un comentario