miércoles, 28 de enero de 2015

La Isla de los Náufragos: Capítulo 2

Ojos en la Oscuridad

            “Se que nos ha ocurrido un milagro”. Era lo que me decía intentando convencerme de que era cierto. Saber que nunca saldremos de esta isla es extraño. Al principio me pareció duro pero ahora veo que no todo es malo. Al menos Kyra está conmigo aunque me gustaría saber en dónde. He tratado de adivinar pero sin dar en el clavo. La  realidad es que estoy aquí junto a ella, ambos sentados sobre la blanca arena que se extiende como un paño mientras las olas besaban nuestros pies. El reflejo del sol en el agua, aunque pálido, hería nuestros ojos y el silencio era absoluto.
            –Creo que deberíamos explorar la isla –propuse.
Kyra había estado silenciosa, envuelta en sus pensamientos desde que le conté mi sueño. Yo sabía el porqué: su hermano también iba en el barco. Por respuesta solo obtuve un ligero asentimiento.
            Apenas habíamos dado unos pasos percibimos que algo no andaba bien. En primer lugar el viento se había detenido. En segundo lugar el cielo sin nubes era ahora de un color azul muy oscuro. Y por último estaba esa sensación de acechanza que crecía minuto a minuto. Era como si los árboles y hasta las piedras nos miraran. Un aroma dulzón flotaba en el aire, regándose sin necesidad del viento.
            –¿Por qué te detienes? –preguntó Kyra, deteniéndose a mi lado y observándome con dureza.
            –Debemos ir con cuidado. Un descuido y podríamos…–comencé pero Kyra me interrumpió.
            –¿Morir? Yo quiero morir –dijo. En su rostro veía una ligera sonrisa.
            –¡No hablarás en serio!
La frase me salió directa del alma, sin pensarla.
            –Sí, lo hago –replicó ella.
            Pero esa actitud no fue duradera. Su boca se torció en una mueca de dolor y llevándose las manos a la cabeza, lanzó un grito estridente mientras caía de rodillas al suelo.
            –¡Mátame, mátame! –imploraba mientras se arrastraba hacia mí. 
            Me acerqué a ella y agarrándola por los hombros, posé mi mirada en sus ojos color miel. Al principio continuó gritando cada vez más alto pero luego sus gritos menguaron hasta que solo quedó mirándome en completo silencio.
            –Kyra, ¿estás bien?
            –¿Eres tú, Jafet? –preguntó mientras acariciaba mi rostro con ambas manos. No pude evitar cerrar los ojos al contacto.  –¿Dónde estamos?
            Su pregunta me hizo abrirlos. Le devolví la mirada creyendo que bromeaba pero al ver su expresión tan sincera descubrí que hablaba en serio. Antes de responder a su pregunta tuve una pequeña discusión en mi interior.
“¿Le digo toda la verdad o solo media verdad?”
Al final decidí que le diría solo media verdad, ocultándole por el momento la muerte de los demás, incluyendo su hermano.
Apenas abrí la boca me interrumpió un sonido bastante familiar. Levantándonos, dirigimos nuestra vista al cielo y allí estaba: blanco y volando tan alto que era imposible que nos vieran. Tan alegre me sentía que me permití sonreír. Pero entonces sucedió.
            El avión pareció detenerse en las alturas como si chocara con una barrera invisible. Segundos después iba en picada con las alas envueltas en llamas. Mientras caía se partió por la mitad, cayendo una mitad en el mar y la otra justo en donde Kyra y yo habíamos dormido el día que pisamos la isla por vez primera. Y esa última mitad fue enseguida pasto de las llamas.
            “¡Dios mío!”, no pude evitar pensar mientras corría hacia el mar. El agua estaba cálida y lisa como un espejo pues los restos del avión se habían hundido con rapidez. Al sumergirme busqué sobrevivientes pero todos estaban muertos y al cabo de unos minutos regresé a la superficie. Kyra me aguardaba en la orilla, preocupada.
Tan fuerte fue la escena que apenas hablamos hasta la llegada de la noche. Dormimos abrazados, bastante alejados del agua y de los restos. Justo antes de quedarme dormido comencé a tener nuevamente la sensación de que nos observaban. Pero no le di importancia debido al cansancio.
           
–¡Jafet, despierta! –me dijo Kyra en un susurro asustado.
            –¿Qué sucede? –pregunté, levantándome deprisa.
            –Mira allá, entre los árboles –señaló.
             Entonces los vi y no pude evitar un sobresalto. Eran ojos. Ojos que nos observaban sin parpadear. Estos venían acompañados de profundas voces que decían: “entramos pero nunca saldremos”. Entonces respiré ese aroma dulzón que ya antes había respirado.
            “¿En dónde estoy?”, me preguntaba mientras miraba a mi alrededor. “¿De quiénes son esos ojos?”

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