martes, 27 de enero de 2015

Sorpresa en el Congelador

(Todo en este cuento, a excepción de Giovanni, es ficticio. No apto para niños pequeños debido a las ideas que podría dar. Sugiero discreción.)

            Cuando abrí el congelador no lo podía creer. Digo, sabía que molestaba mucho y que todo el grupo se lo vacilaba pero nunca creí que llegarían a tanto. Yo fui testigo de casi todo y sé que fueron tres muchachas las que lo encerraron.
            Todo sucedió un jueves por la tarde, a eso de la una y media. La clase de repostería estaba compuesta por veinte estudiantes, de los cuales solo dos eran hombres. Además de ellos estábamos el profesor y yo, pues aunque salía más temprano me tenía que quedar esperando por el autobús que llegaba a las dos. Desde por la mañana el cielo estuvo nublado, derramando una lluvia fina y fría que venía acompañada por una brisa que helaba la piel con sus caricias.
            – ¿Crees que está bien esta cantidad de sal o necesita más? – me preguntó una de las estudiantes, la cual respondía al nombre de Teresa.
            – No sabría decirte. Hablando claro, yo siempre echo demás – le respondí después de encogerme de hombros.
            Teresa echó más sal y siguió preparando el marinado para hacer las alitas borrachas. Mientras tanto me paseé por el salón respondiendo a todas las preguntas que me hacían de la mejor forma posible y ayudando como mejor podía. Así fue como ayudé también a Delia y a Sofía, las otras dos implicadas en esta historia.
            Ahora bien, tengo que hacer un alto para explicar lo que sucedió a continuación. Un grupo de cocina, los cuales estudian por la noche, se había puesto a hablar mierda de mi grupo por facebook diciendo que nosotros éramos puercos y no limpiábamos la cocina cuando mi grupo siempre tenía la cocina al día en todo sentido de la palabra. Como se podrán imaginar, los ánimos estaban bastante caldeados.
            Volviendo al relato, entra un muchacho de mi grupo que se llama Giovanni. Este tipo es medio loco, habla demasiado (siendo bien difícil callarlo) y molestaba tanto que en todo el instituto se lo consideraba una ladilla humana. Apenas entró en la cocina, se dirigió al grupo de Delia y Sofía y comenzó a opinar sobre lo que ellas estaban haciendo.
            – Esas alitas van a saber malas porque ustedes solo saben hacer panes y bizcochos – decía a modo de broma pero sin hacer reír a nadie.
            – Desaparécete de aquí, Giovanni y no jorobes más – le dijeron ambas muchachas a la vez. El cambio en sus caras era evidente pues antes de que Giovanni entrara ambas estaban riendo y charlando mientras marinaban y empanaban luego las alas.
            – A que me llevo una – dijo Giovanni extendiendo la mano hacia el plato en donde estaban las alitas ya fritas.
            – Mete la mano pa que veas – amenazó Delia apuntándole con el cuchillo de chef.
            – Es relajo, es relajo – dijo y percatándose que yo estaba viendo todo, me dijo: – estas nenas son malas de verdad.
            – No es que sean malas es que tú te buscas los charpazos por jugar – le dije y antes de que replicara, otro de los grupos me llamó y tuve que ir a ayudarles.
           
            Una hora después cada grupo limpió y guardó sus utensilios y al dejar limpia su área, se fueron cada cual por su lado. En el ajetreo de guardar las especias en el almacén, no me percaté de que Delia, Sofía y Teresa estaban aun junto a sus mesas. Así estaban cuando fui al almacén y así las encontré cuando volví. El profesor había salido un momento a hablar con la coordinadora hacia tan solo unos minutos.
            – ¿Has visto a Giovanni? – me preguntó Sofía.
            – No, no lo he vuelto a ver – respondí extrañado de que ahora quisieran hablar con él.
            – Si lo vez, dile que venga acá – dijo Teresa.
            Asentí para luego irme a buscar un mapo, una escoba y un recogedor. Pero al ir por el pasillo encontré a Giovanni bebiendo agua en la fuente así que le indiqué que fuera a hablar con las muchachas y me dediqué luego a preparar todo para dejar limpio el suelo de la cocina.
            Así que con calma fui e hice todo lo que tenía que hacer. La cocina ya se había vaciado y pude limpiarla rápidamente para luego llevar la escoba y demás cosas a la covacha de los conserjes. Antes de irme, teniendo ya el bulto y los cuchillos en mano, decidí verificar las neveras y el congelador. Todas estaban bien pero al llegar al congelador y abrirlo encontré a Giovanni inconsciente. Tenía un pedazo de cartón en la mano que decía: “Grupo de la nocturna, puercos, aquí tienen para que aprendan a cocinar”.
            Sinceramente me quedé paralizado al ver la escena. No podía creer lo que esas muchachas habían hecho. Así que buscando mi marcador, agarré el cartón y escribí lo siguiente: “Úsenlo para la clase de cortes de carne. OJO: si lo dejan hablar no lo podrán callar. Hace muchos comentarios estúpidos”. Después de arreglar el cartón, lo coloqué de vuelta y cerré la nevera. Y antes de irme busqué un paño y lo pasé por todas las neveras, haciéndome que las estaba limpiando cuando en realidad estaba borrando mis huellas digitales. Los imbéciles de la nocturna se llevarían una gran sorpresa si hacían caso a un papel que dejé pegado en el congelador el cual decía una sola palabra: “Abran”.

2 comentarios:

  1. Bienvenido a la etapa 3 del camino del escritor. Crear un blog es un paso importante, pero mas importante es no dejarlo en el olvido. Fuerza y sigue publicando. Relato entretenido y de facil lectura. Algunas cositas para corregir, por ejemplo en las frases "siempre echo demás" y "si lo vez" o tambien hay una o dos oraciones que yo reformaria, pero en general esta bien escrito. Saludos!

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  2. Muchas gracias Aldo. Arreglare ese asuntillo lo mas pronto que pueda. En cuanto a lo de publicar, seré paciente pero se me hace difícil controlarme. Es como si quisiera publicar todo de golpe. Espero publicar algo mas en estos días. Saludos y gracias nuevamente.

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