jueves, 14 de mayo de 2015

La Isla de los Naúfragos: Capítulo 5


Atrapados

            El túnel seguía descendiendo en línea recta la mayor parte del tiempo. La luz del sol ya no rasgaba la oscuridad. Estábamos ciegos; nuestros pasos se arrastraban mientras nuestros oídos se aguzaban. Cualquier ruido, por minúsculo que fuera, era para nosotros como una avalancha. Sentíamos las corrientes de aire caliente que no nos refrescaban en absoluto. El olor…horrible.
            Estaba a punto de decirle a Kyra que regresáramos a la cueva cuando entramos en una estancia por completo diferente. Era una estancia circular, hecha de piedra gris sobre la cual había dibujos grabados que  brillaban despidiendo una luz azulada que iluminaba todo.
            –Deberíamos regresar –dijo Kyra, tensa de repente.
            Miraba los dibujos con ojos desorbitados. Era evidente que el miedo la dominaba.
            –¿Por qué? –pregunté.
            Las palabras salieron sin más. Aterrorizado percibí que no podía ya controlar mi voz. Entonces el miedo me dominó también a mí, acrecentándose cuando mis manos comenzaron a moverse por sí solas. Con la mirada le indiqué a Kyra que regresáramos, señalándole el camino de regreso. ¡Gracias a Dios que me entendió! Me agarró de la mano y me haló hasta llegar al túnel pero cuando íbamos a entrar, unas enormes varas de hierro nos cerraron el paso. Salieron del suelo, de unos boquetes que habíamos pasado por alto.
            Desesperados, observamos la estancia y vimos que detrás de nosotros había un solo túnel. Sin perder tiempo entramos y comenzamos a recorrerlo sin detenernos. El suelo era de piedra allí. Liso pero áspero, sin una sola impureza que ojo humano pudiera percibir. En las paredes brillaban diamantes, lanzando destellos blancos de cuando en cuando.
            Un par de curvas nos hicieron ascender hasta llegar a otra sala en la cual solo había una enorme planta justo en el medio. Era como un enorme repollo rojo lleno de espinas largas y delgadas justo encima. Y a su alrededor había muchas flores verdes cuyos largos pétalos despedían un extraño humo verdoso que se distinguía claramente debido a los haces de luz que se colaban por el techo.
             –Ya estamos cerca de la superficie –dije atropelladamente.
            Mi garganta estaba completamente seca, dificultándome la respiración y el habla. Un aroma dulce inundaba nuestros pulmones, deslizándose a nuestro alrededor. Intuía que el mismo venía de la enorme planta. A mi lado, Kyra tosió y luego soltó una carcajada.
            –Mi deseo se cumplirá: ¡Moriremos aquí! –dijo con alegría.
            Me fijé en sus ojos. Estaban completamente blancos, como si una nube los cubriera. Aun sonreía con la mirada perdida cuando se sentó en el suelo. Intenté hacer que se moviera pero no me respondía. En ese momento me enojé tanto que la razón me abandonó.
            Recuerdo que me levanté y dirigiéndome hacia la planta, arranqué todas sus flores, sacando fuerzas de no sé dónde. Fue difícil pues estaban firmemente agarradas al suelo pero al final cedieron. Luego me dirigí a combatir el gigantesco repollo. Después de lo que me parecieron horas, logré derribarlo. La extraña planta se marchitó enseguida, poniéndose de un color pardo oscuro. Es verdad que terminé lleno de un espeso y pegajoso líquido verdoso pero valió la pena pues Kyra volvió a la normalidad. Alternó su mirada entre la planta derrumbada y yo.
            –¿Qué sucedió?
            –Luego te cuento. Larguémonos de aquí.


            De vuelta al túnel seguimos ascendiendo cada vez más, ignorando un par de bifurcaciones a nuestra derecha, hasta dar con una enorme abertura. Cada paso que dábamos hacia ella nos hacía parpadear más. La luz era intensa. Un rugido familiar crecía en intensidad.
            Salimos a una especie de plataforma natural, como un puente de piedra y justo frente a nosotros teníamos la cascada, cuya forma era como una c gigante pero casi cerrada. Las gotas de agua nos salpicaban, helándonos. El viento nos mordía la piel con crueldad a esa altura. Más o menos a veinte metros bajo nosotros divisamos el río que serpenteaba hasta internarse entre los árboles de un espeso bosque. Unas flores amarillas y blancas crecían allí. No sabía cómo se llamaban pero admito que daban un aspecto de paraíso al cercano panorama.
            –Es… –empecé a decir pero se me quebró la voz.
            –Hermoso –terminó Kyra por mí.
            Nuestras miradas se encontraron y no tardamos mucho en abrazarnos. Era la primera vez desde el naufragio que nos sentíamos algo tranquilos. Admito que derramé muchas lágrimas aunque no sabía por qué. No había llorado desde que naufragamos así que tenía mucho por lo cual llorar, supongo, pero nos dañaron el momento.
            Por ambos lado del puente de piedra venían ahora personas. Eran al menos dos docenas, entre hombres y mujeres, todos de complexión atlética. Las mujeres llevaban blusas cortas y faldas por encima de las rodillas. Los hombres solo llevaban una especie de pantalón corto también por encima de las rodillas. Todos eran delgados, de piel muy morena y llevaban lanzas con puntas de piedra.
            –Estamos atrapados –susurré, mirando desesperado a ambos lados.
            –No tenemos opción.
            La claridad de su voz me impresionó. En sus ojos veía brillar claramente la luz de la seguridad. La agarré de la mano y acercándome más le pregunté:
            –¿Estas segura?
            Ella asintió. No dudó ni un segundo. Sin pensarlo por más tiempo, la agarré por la cintura y me giré hasta quedar de frente a la cascada.
            –¡Entonces salta!
            Nos  lanzamos cascada abajo mientras esta rugía a nuestras espaldas. Miles de gotas nos mojaron, gotas que chocaban contra las rocas de la pared de piedra. Mientras caía solo pensaba en que prefería morir estampado contra el agua. Pero cuando estábamos en mitad del camino hacia la muerte, nos enredamos en unos arbustos que como puente se extendían de un lado a otro frente a la caída del agua. No nos frenó por completo pero abajo había varios más. Lo último que vi fue la superficie del agua a cinco metros del último puente de arbustos y solo sabía con certeza que Kyra aún seguía a mi lado.

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