miércoles, 26 de agosto de 2015

La Infección: Capítulo 2

Pesadillas

            La niebla invadía el extenso campo; parecía que las mismas nubes habían descendido. Apenas si podía ver lo que yacía enfrente. Caminó lentamente. La hierba estaba mojada y resbaladiza, el suelo húmedo y en algunos puntos fangoso. Durante metros  y metros no había nada: solo hierba, niebla y un tenso silencio. Claramente escuchaba los atropellados latidos de su corazón y su agitado respirar.
            –¡Joaquín! ¡Claire! ¿Dónde están?
            Su voz rompió el silencio y se perdió ahogada entre la niebla. Un gruñido le respondió de algún lugar frente a ella. Mónica dio unos pasos hacia atrás, resbaló y cayó de espalda. Se levantó lo más deprisa que pudo. Su Jean antes azul estaba ahora sucio y enfangado, su blusa blanca era ahora marrón y en algunos puntos estaba rasgada. Se dio vuelta y corrió, resbalando unas veces pero sin caerse, sin saber siquiera a donde iba.
            No importó que los gruñidos cesaran; ella no se detuvo. Solo paró cuando no pudo dar un paso más y fue justo delante de un sujeto que estaba allí de pie. El extraño se dio la vuelta lentamente. Su rostro estaba lleno de cicatrices. Una raída y sucia venda le cubría la frente. La boca y el cuello estaban manchados de sangre seca. Sus dientes estaban ennegrecidos y entre ellos se asomaban pedazos de carne en descomposición. Su mirada, aunque fija en ella, parecía perdida. Mónica ahogó un grito pero no se movió. El miedo se apoderó de ella tan fuertemente que apenas si podía respirar. El sujeto extendió sus manos y la agarró por el cuello. Ella intentó zafarse pero no podía: cada vez las manos apretaban más. Apenas podía respirar. El aliento de la muerte estaba cada vez más cerca de su rostro y los dientes chasqueaban a escasa distancia…

            Mónica despertó sobresaltada. Se llevó una mano al corazón y con la otra limpió el sudor de su frente. Intentó respirar con normalidad pero no lo logró prontamente.
            –Mónica, trae tu trasero acá que es de día y el desayuno se enfría –escuchó la clara voz de Beatriz que le gritaba desde el pie de la escalera.
            Con un suspiro después de gritar un “ya voy”, se dejó caer sobre la cama. La almohada era blanda, cómoda y caliente. Su mirada se perdió en el techo en donde muchas figuras descoloridas de planetas, soles, lunas y cometas se acoplaban muy juntas una de otras.
            “El pasado es pasado”, se dijo mientras se levantaba y se dirigía al baño.

            Minutos más tarde, al bajar por las escaleras y llegar a la sala en la que había unos muebles viejos y descoloridos, encontró a Beatriz alimentando a su hijo. Mónica sonrió al verlo. Se acercó deprisa y le acarició el escaso cabello. El niño parecía una pelota rosada con ojos castaños y fino cabello negro.
            –¿Ya pensaste en su nombre?
            La sonrisa en el rostro de Beatriz se deshizo.
            –Connor. Se llamará Connor, como su padre.
            Mónica asintió comprensiva. Connor había muerto salvando a su embarazada esposa de una muerte segura. Los infectados les rodearon y él los alejó, llevándolos hasta un edificio preparado con explosivos. Pero fue allí donde quedó rodeado. Hunter y ella la habían encontrado en la mañana, sentada junto a los restos del edificio. Tenía los ojos hinchados y las ropas y el rostro cubiertos de hollín.
            –Es un buen nombre –dijo incorporándose.
            En ese momento entró Hunter. Llevaba su cuchillo en la mano. Sus ropas estaban ensangrentadas y sucias. Su mirada era de cansancio. Eso quería decir que había pasado largas horas matando a todo infectado que encontrara en un radio de veinte metros. La silla en la que se sentó crujió bajo su peso.
            –¿Estas bien? –preguntó Mónica. Él asintió. 
            –Si, estoy bien –contestó distraído. Luego, sin poder aguantarse, añadió: –Hay demasiado silencio afuera y no me gusta. Encontré solo un par de infectados en un diámetro de cuarenta metros a la redonda.
            –¿A qué crees que se deba? –preguntó Beatriz. Aferraba con fuerza a Connor. En sus ojos brillaba el miedo.
            –No lo sé con certeza pero es algo inusual –respondió y se incorporó con rapidez para perderse entre los pasillos que daban a las habitaciones traseras de la casa.
            Mónica no pudo evitar asomarse por la ventana. Era de día pero el sol no había salido. El cielo estaba gris. Una tenue neblina se distinguía claramente arrastrándose por el suelo. Las demás casas estaban en ruinas: sus ventanas y puertas rotas y tumbadas, los carros abandonados y oxidados. La hierba en los patios crecía sin control.
            –Hoy lloverá, así que debemos quedarnos encerrados y en silencio –dijo Hunter mientras entraba a la sala nuevamente.
            Mónica se sobresaltó pero no dejó de mirar por la ventana.
            –Claire y Joaquín… ¿estarán vivos?
            –Si son tan inteligentes como tú aseguras que son, claro que si –respondió Hunter.
            –Ojala pudiera decir lo mismo de Connor –dijo Beatriz reprimiendo un sollozo.

            Esa tarde, horas después del medio día comenzó a llover. Lo que comenzó como una pequeña llovizna era ahora un aguacero torrencial acompañado de truenos y relámpagos que iluminaban por momentos el ennegrecido cielo. El viento soplaba tan fuerte que parecía aullar. Escombros volaban por el vecindario, yendo a chocar contra vehículos y casas al azar. Pronto el frío comenzó a invadir la estancia. Hunter sacó abrigos y mantas gruesas. Apenas comieron una cena frugal, los tres se encerraron en la habitación, cada cual en su cama. Allí escucharon toda la furia de la tormenta.
            –Ayer escuché un viejo radio de pilas que se encendió de la nada. Decía algo sobre un bunker debajo de un lugar llamado la Fortaleza. ¿Han escuchado algo sobre eso?  –preguntó Hunter, rompiendo el silencio dentro de la habitación.
            –¿La Fortaleza? ¡Entonces hay sobrevivientes! –exclamó Mónica abriendo los ojos por completo.
            –¿Parecía un mensaje grabado? ¿Qué decía exactamente? –preguntó Beatriz. Su rostro mostraba una expresión seria y su tono de voz aun más.
            –Mencionaba que la infección fue provocada por humanos al manipular el H1N1 y luego el bunker. Pero en el mensaje se escuchaban disparos y golpes hasta que se fue la señal y todo quedó en estática –respondió Hunter y luego se encogió de hombros mientras acariciaba su poblada barba. –Pienso que valdría la pena echar un vistazo. Es lógico que no podremos quedarnos mucho tiempo aquí…pese a lo bien defendida que está la casa.
            Beatriz asintió.
            –Pienso lo mismo pero no me hago esperanzas –dijo.
            –Yo tampoco.
            Mónica no dijo nada. Una alegría había comenzado a crecer en ella. Quizás sus hermanos estuvieran vivos. Joaquín y Claire eran mellizos, de unos dieciocho años. Llevaba meses sin saber nada de ellos, ni un solo rastro había hallado. Pero sabía que estaban vivos y estaba segura de que los encontraría.

            Esa noche durmió inquieta. Los rugidos de los truenos apenas si le permitían cerrar los ojos. Creía escuchar pasos en la escalera y golpes en la puerta. Se revolvía nerviosa una y otra vez. El bate estaba al pie de la cama, justo al alcance de la mano. Iba a levantarse cuando se fijó que Hunter estaba despierto, sentado en una silla frente a la puerta. Sobre sus muslos llevaba su cuchillo desenfundado.
            –¿Sucede algo? –susurró Mónica.
            –No. Vuelve a dormir –respondió él sin mirarla y bebió un trago de su cantimplora.
            Ahora un poco más tranquila, se acostó mirando el techo y cubriéndose hasta el cuello con su gruesa manta. La lluvia golpeaba con fuerza las ventanas y los cristales vibraban por los truenos. Afuera caía una auténtica tormenta.

            En la mañana, cuando despertó, Hunter se había ido. Inclusive Beatriz y Connor no estaban en la habitación. Mónica se restregó los ojos y bostezó con fuerza. Se sentía cansada y adolorida. Apenas fue al baño, se lavó el rostro con agua fría y eso la despertó un poco.
            Al llegar a la sala encontró a Beatriz preparando el desayuno. Connor dormía plácidamente sobre un cojín pegado de la pared.
            –Hunter fue a investigar –dijo apenas la vio. –Salió hace una media hora.
            Mónica asintió y agarró el plato que Beatriz le daba. Solo era pan tostado con mantequilla, lo último de la mantequilla que encontraron en esa casa. El pan era horneado por ellos mismos, de un par de días atrás.
            –Se nos acaba la comida. Debemos ir a buscar más pronto –comentó Beatriz mientras limpiaba y guardaba un plato.
            –Tienes razón. Veré si Hunter me permite investigar en las casas más cercanas –dijo Mónica. Beatriz asintió y siguió con su trabajo.
            Apenas Mónica terminó de comer, relevó a la joven madre quien fue a alimentar al bebe. “En serio necesitamos comida”, pensó mientras observaba las escasas provisiones. Tan solo tenían harina, carne seca y algunos dulces y bizcochos. También algunos envases de comida de bebe pero les haría falta pronto: Connor crecería deprisa, de eso no cabía duda.

4 comentarios:

  1. Me gusta tu manera de relatar, sobre todo los diálogos. Aunque este tipo de relatos no sean de mi agrado por la temática lo continuaré leyendo me agrada.
    Un abrazo.

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    1. Gracias por leer y comentar mi relato y por tus palabras.
      Saludos.

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  2. Le´´ido. Mucha suerte con lo que estas haciendo. Me gustarái sugerirte que crees "Contenidos" con el titulo de tu historia, así solo vas adicionando los capítulos y serán más fáciles de ubicar. Porque al ir por mes, se pueden perder de la vista... digo. Pero me parece interesante lo que estas haciendo, así que ánimo y no sueltes la pluma, te apoyamos. ¡Nos leemos!

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    1. Gracias por tus palabras, K. Marce. He pensado mucho en eso de los contenidos pero confieso que aun no se casi nada sobre el blog. Espero sacar tiempo durante la semana para aprender todo lo que puede sobre el blog.
      Saludos.

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