martes, 18 de agosto de 2015

La Infección: Capítulo 1

Atrincherados

Hunter observaba en silencio por la ventana manchada de polvo. El vidrio era tan opaco que poco se distinguía afuera. Todo estaba tranquilo en la calle. Un par de sujetos estaban sentados junto a los restos de un auto que había sido consumido por las llamas.
La noche anterior había sido muy movida. Hubo estruendosas explosiones, fuegos cuya anaranjada luz iluminaron la noche y los gritos; los gritos no terminaron hasta que salió el sol.
Un crujido detrás de él le hizo sobresaltarse. Era Mónica, que había entrado deprisa.
–Demonios, Mónica. No estamos solos.
–Perdona, Hunter –se disculpó ella, aunque no lo parecía.
–¿Qué sucede?
No le gustaba su caminar tan distraído, como se alisaba el enmarañado cabello rojo con sus manos: eran síntomas de que las cosas no estaban bien.
–Beatriz no podrá moverse.
Hunter farfulló un par de palabrotas. Afuera todo seguía igual. Sintió la suave mano de Mónica en su hombro. La miró un momento. Su rostro sucio reflejaba ternura y cansancio. Sus ojos castaños brillaban.
–Nos quedaremos entonces –dijo resignado.

La habitación en donde estaba Beatriz, una veinteañera de piel morena, grandes ojos color miel y cabello rizo negro, era un desastre. Había libros por doquier, las ventanas cerradas y sucias, el suelo cubierto por una capa de polvo que en apenas un par de días parecía haber cubierto el resto del mundo. Y en cuanto a ella ahora estaba dormida, acostada sobre una cama destartalada, cubierta con polvorientas y raídas sabanas, madre y recién nacido dormían plácidamente. Observarlos dormir era como haber recuperado la cordura.
–Vigílala y por favor no hagan ruido. Intentaré reparar la casa.

            Los escalones crujían mientras bajaba lentamente, tenso y atento ante todo lo que estaba frente a él. Apenas llegó al pasillo, cruzó la sala y llegó al vestíbulo. En las descoloridas paredes antes verdes todavía quedaban algunos retratos torcidos de los dueños de la casa y sus familiares.
            La puerta estaba firmemente atrancada. Varios muebles pesados cubrían las puertas y las ventanas. Después de verificar que todo estuviese en orden, subió nuevamente la escalera no sin antes colocar un par de sillas frente a la misma.
            En el segundo piso, regresó a la que era su habitación. Observó de nuevo por la ventana. Ahora el par de sujetos vagaba sin rumbo, tambaleándose y gruñendo. Sus ropas sucias y deshiladas se arrasaban como serpientes y los zapatos, antes negros, ahora estaban cubiertos de barro.
            –¿Por qué sucedió todo? –se preguntó en voz baja.
            Había bajado la mirada cuando escuchó algo de estática. Buscando por la habitación descubrió de donde venía: un viejo radio de baterías, tirado bajo la cama. Estaba cubierto por un periódico de hacía varios meses. Como seguía encendido, no tenía idea. Escuchó voces que salían del mismo. Con el corazón palpitándole a mil por minuto, sintonizó la frecuencia hasta que pudo escuchar bien.
“A quien este escuchando este mensaje: no hay esperanza. La infección se ha propagado. Lo que empezó como una gripe llamada H1N1 ha mutado a niveles inimaginables. ¡Que Dios nos perdone por lo que hemos hecho! (Un ruido de vidrios rotos y un sonoro gruñido) ¡Están entrando! (Disparos seguidos de golpes sordos) A quien quede, mejor es morir pero si se niegan, vayan a la Fortaleza. Decenas de metros por debajo hay un bunker…allí podrían vivir tranquilos, al menos por un… (Más disparos, ensordecedores gritos y luego un silencio).”
            Volvió la estática. Balbuceando palabrotas a un buen ritmo, Hunter cambió los canales pero su intento fue inútil. Resignado, apagó el radio y le quitó las baterías. Luego se dirigió con lentitud a la ventana y miró por los cristales manchados. Afuera no se movía nada. Los sujetos que vagaban por la calle habían desaparecido.
            Con un puff se hundió en la cama, que era suave y blanda. Una nube de polvo se levantó, haciéndole toser levemente. Odiaba todo lo sucedido. Odiaba el mundo y todo lo que quedaba.
            “Si no fuera por Mónica…”, pensaba hasta que unos golpes secos le sacaron de sus pensamientos. De un salto se puso en pie, dirigiéndose hacia las escaleras. Allí Mónica se unió a él; su rostro ya limpio denotaba cansancio.
            –¿Qué fue eso? –preguntó en un susurro. Su voz temblaba. Cruzó los brazos mientras intentaba controlar los nervios.
            –Iré a ver. Enciérrate con Beatriz y quédense en silencio –dijo Hunter mientras sacaba de su cinto un cuchillo largo y afilado. Los golpes sonaban ahora con más insistencia. Mónica asintió y se dio la vuelta pero Hunter la detuvo. –Procuren que el niño no llore.
            Aguardó a que ella se encerrara para luego bajar las escaleras en silencio. Aun así los escalones crujían y rechinaban en varios puntos, delatándolo. Los golpes ahora venían de una de las ventanas del comedor. Las tablas aún no habían cedido pero crujían peligrosamente.
            “Al menos algo estaba bien”, pensó con satisfacción hasta que una de las mismas cedió. El clavo salió disparado hasta chocar contra la pared. “Esto no me gusta, esto no me gusta”, pensaba mientras corría a detenerse justo al lado de la ventana. Minutos más tarde las tablas cedieron. Unas manos sucias y llenas de heridas putrefactas se aferraron a los bordes. El infectado se inclinó hacia adelante: apenas había intentado entrar cuando Hunter lo mandó hacia atrás de una patada.
            El sujeto trastabilló y cayó de espaldas a un metro de distancia. Mientras intentaba levantarse, otro se asomó a la ventana. El pálido rostro estaba sucio y tenía la piel seca pegada a los huesos. Los ojos hundidos no brillaban: eran oscuros como la noche. El cuchillo de Hunter se abrió paso por su frente. El sujeto cayó de lado y dejó de moverse. El otro se estaba intentando levantar cuando Hunter lo acabó de igual manera. Pero apenas tuvo tiempo de recuperarse.
            De la nada salió otro y se abalanzó sobre él, aprisionándolo contra una pared. Los dientes amarillentos se acercaron peligrosamente a su cuello. El hedor que despedía era nauseabundo y le invadía los pulmones. Las dentelladas chasqueaban cada vez más cerca. Hunter intentó un movimiento desesperado que siempre le había funcionado: levantó una pierna y golpeó por encima de la rodilla izquierda al infectado. Dos golpes bastaron para romperla, doblándose esta hacia atrás. De un empujón se lo quitó de encima y luego clavó su cuchillo en la cabeza del infectado.
            Se detuvo junto a la pared, recostándose sobre la misma. Llevándose una mano al pecho intentó recuperar el aliento. Su corazón latía con rapidez; pareciera que se le quería salir del pecho. Limpió su cuchillo en las ropas de los muertos y volvió a entrar por la ventana.

            La puerta se abrió con un chirrido lento y continuo. Un bate barrió rápido el aire frente a él, quien lo agarró deprisa, mientras se echaba un poco hacia atrás. Al ver que era Hunter, Mónica soltó el bate y se llevó las manos a la boca.
            –Perdona Hunter, perdona. No sabía que eras tú –dijo ella mientras se acercaba nerviosa. –¿Estás bien?
            –Sí, sí estoy bien.
            Se sentó con lentitud al pie de una de las camas. Mónica fue hasta la puerta y la cerró con seguro.
            –¿Qué sucedió abajo?
            –Tres infectados y los tres están muertos –respondió Hunter mientras agarraba una cantimplora y bebía un largo trago. –¿Cómo esta Beatriz?
            –Aun duerme, pese al desastre que hiciste abajo –respondió ella. Hunter le extendió el bate y ella lo tomó para dejarlo junto a la puerta.
            Hunter observó la otra cama, en donde dormían Beatriz y su niño. Verlos a ambos dormir tan tranquilos era algo extraño de ver en esos días. Mónica se acercó a él y se sentó a su lado, a la cabecera de la cama.
            –La noche esta pronta a caer y será oscura –comentó Hunter, pensativo.
            –Hay otra cama más aquí. Debemos permanecer juntos –dijo Mónica, mirándolo.
            Hunter asintió. Todavía el terror era claro en la voz de ella.
            –Arreglaré antes las ventanas.
            Luego se levantó y abrió la puerta pero antes de que diera un paso más, Mónica puso una mano en su hombro, deteniéndolo.
            –Gracias por todo. No te había podido agradecer antes…no tuve oportunidad –dijo en un tono de voz serio.
            Hunter la miró y sonrió tristemente.
            –Llegara el día en que no me agradecerás –dijo y se fue, cerrando la puerta.
            “A veces es tan imbécil”, pensó ella mientras se sentaba en su cama y miraba el techo de la habitación. El respirar de la madre y el niño se escuchaba ahora claramente en el silencio. Pronto el sueño invadió su ser, los párpados comenzaron a pesarle y en menos de diez minutos también ella se durmió.

5 comentarios:

  1. Imagino una historia de terror mucho más extensa. Me agrada como la llevas.
    Habrá que esperar para al fin saber de que se trata en su totalidad.
    Muy buena.
    Un abrazo.

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  2. Gracias a ambos por comentar. En efecto, sera una novela corta asi que faltan minimo catorce capitulos mas.
    Saludos y gracias nuevamente.

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  3. Pues entonces estoy deseando leer el resto de la novela porque el inicio es fantástico!

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    1. Gracias Mhheels. Pronto publicare el tercer capitulo.

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