sábado, 29 de agosto de 2015

Solos en el Planeta Rojo: Capítulo 1

La Maldición

            Puedo sentir la muerte acechándome. La fiebre me domina. Mis huesos son como vidrio agrietado y quebradizo. Mi garganta esta tan seca que tragar es ya una agonía. Pero los veo nítidamente: los fantasmas del pasado desfilan ocultando el nublado presente.
            Los indeseados se acercan. Hablan en gruñidos mientras golpean la puerta.
            El fin está cerca. Ojalá llegue rápido, pienso mientras algo parecido a las lágrimas sale de mis ojos solo para evaporarse al tocar mi piel. El sopor me invade. Estoy a punto de rendirme cuando veo a una mujer que se acerca despacio. Segundos después la reconozco: es Erika. Mi Erika.
            Ella camina hacia mí, sonríe y me besa.
            Este no es el final dice para luego desvanecerse.
            Los golpes en la puerta son más insistentes y con un crujido esta cede. Los veo acercarse saltando, gruñendo y salivando. ¡Que irónica es la vida! Huyo de mi planeta para no morir así y de todos modos encuentro mi muerte.
            Acaben ya me oigo decir mientras se me escapa el conocimiento.

            Cuando abro los ojos me rodea el silencio. Tengo la garganta adolorida. Hay una botella a mi lado y sin pensarlo bebo de ella. Siento como baja por mi estómago, refrescándome. Suspiro aliviado para luego barrer la habitación de un vistazo. Un rastro de sangre conduce hasta donde estoy.
            –¿Estuve soñando? me pregunto en voz alta.
            Delirando más bien responde una mujer.
            La veo entrar a la habitación con un paño húmedo en sus manos. Con calma se acerca a mí y mientras lo pasa por mi frente, sonríe con ternura. Momentos después me abraza. Es la mujer de mi sueño o delirio.
            –¿Qué sucedió? –balbuceo incrédulo.
            El olor que desprende su cabello me envuelve, haciéndome olvidar la gravedad de todo lo demás.
            –Salieron del suelo y nos atacaron en la noche…no sabemos que son ni por qué lo hicieron pero te mordieron.
            Lentamente alzo mi mano y veo mi antebrazo vendado. El dolor regresa punzante. Una mancha roja se extiende varias pulgadas por la venda. Al parecer me desangraré, pienso mientras los recuerdos regresan confusos a mi mente.
            –¿Y los demás?
            Ella intenta responder pero solo puede suprimir un sollozo para después cubrir su rostro con ambas manos. No puedo resistirme y la abrazo.
            –Todo saldrá bien, ya verás –digo mientras palmeo suavemente su espalda, intentando calmarla aunque ni yo lo creo.
           
            Media hora después ambos salimos al exterior de la base. Las paredes metálicas están cubiertas por una capa de polvo fino. Marcas de llantas grabadas en el suelo rocoso. También las pisadas del resto de la colonia, en su ir y venir de estos últimos días. Pero el resto del paisaje ha cambiado.
            Mirando hacia arriba noto que el cielo ahora es de un color gris oscuro cuyas nubes no son de lluvia. La luz del sol es tenue y pálida: me sorprendo que pueda traspasar ese manto de oscuridad. También me sorprende el hecho de que respiremos. Al bajar la mirada tropiezo con el suelo seco, cuya superficie es de un fino polvo, en el cual no crece nada: solo sobresalen unas rocas semi enterradas. Pareciera que nunca ha llovido en el planeta Rojo.
            –¡Dimitri, mira esto! –exclamó Erika de repente.
            Al acercarme veo unas huellas. Son más pequeñas que las mías pero no había niños con nosotros. Llego a la conclusión de que pertenecen a una mujer.
            –Se dirigen hacia allá…–dice señalando hacia el horizonte, donde se distingue claramente la silueta del Monte Olimpo–. ¿Qué hacemos? –pregunta con voz temblorosa.
            –No podemos dejar a nadie atrás –respondo y luego suspiro– pero necesitaremos armas.
            Erika asiente, comprensiva. Saca unas llaves de su bolsillo y sonríe.
            –Creo que había algunas en el almacén.
            Mientras nos dirigimos a buscarlas no puedo dejar de pensar en mi delirio. Observo mi mano y un escalofrió recorre mi cuerpo. Esa mordida es una maldición, escucho que me dice mi pensamiento. Y aunque me niego a creerlo creo que algo de razón tiene. Siento que estoy cambiando. No sé si para bien o para mal pero sospecho lo peor. Nunca debimos venir a este planeta, pienso con fastidio.

            –Bien, sigamos esas huellas.

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