sábado, 29 de agosto de 2015

Solos en el Planeta Rojo: Capítulo 2

Tambores en los Abismos

            La vasta llanura no tenía fin: un mar de rocas y polvo que se extendía hasta donde alcanzaba la vista y más allá. De cuando en cuando, bajones en el terreno descubrían los enormes cráteres dejados por meteoritos miles de años atrás.
            La caminata había sido agotadora: llevaban horas siguiendo las huellas pero estas no se habían detenido: seguían alejándose sin importar los obstáculos. Quien las hizo no había descansado.
            Cuando al fin se detuvieron, ellos antes que las huellas, Erika miró su reloj. Eran las siete y media de la noche. El cielo tarda tanto en oscurecerse, pensó mientras alzaba la vista. Mientras tanto Dimitri observaba el suelo.
            Deberíamos buscar un lugar donde descansar propuso Erika.
            Es mejor que sigamos dijo él. Se levantó y trastabilló un poco para luego recuperar el equilibrio y limpiarse el sudor de la frente con el dorso de la mano.
            Mira tú brazo. Dimitri obedeció. En la ya sucia venda se podía notar una mancha de sangre húmeda. Mejor nos detenemos.
            Abrió la boca para replicar pero no dijo nada. Luego se sentó en el suelo mientras Erika observaba el paisaje hasta que descubrió una pequeña hondonada.
            Allí, señaló allí podremos descansar.
            Al llegar encontraron que esa hondonada solo tenía un par de metros de profundidad. El suelo, mayormente de tierra, estaba frío. Erika se acostó enseguida e intentó dormir pero no pudo. Creía escuchar un rítmico sonido, como de tambores. Además, los recuerdos del ataque acudían a su mente con muchos detalles.

            Dimitri, llévate a Erika a su casa y no salgan. Cuídala con tu vida, ¿entendiste? –decía el doctor Whitmore mientras le daba un rifle de asalto.
            –Pero… iba a protestar Dimitri pero Whitmore le interrumpió.
            Ella es una valkiria, un nexo con los nórdicos le dijo en voz baja. Luego su rostro se endureció. Váyanse. ¡Ya!
            Dimitri asintió y se acercó a Erika, tomándola del brazo.
            Debemos irnos.
            No…gimió ella.
            Ambos observaron el monitor que mostraba las iluminadas calles de la colonia. Unas criaturas humanoides saltaban sobre los colonos, derribándolos y mordiéndolos. Era una masacre. Algunos colonos disparaban un par de tiros pero eran superados pronto. Sus gritos ante la muerte taladraban los oídos de quien escuchaba.
            Dimitri miró a Erika. Sus ojos estaban rojos e hinchados. Las lágrimas habían hecho camino por sus mejillas.
            La puerta se estremeció. El Dr. Whitmore se acercó a la misma.
            –¡Váyanse ahora! gritó.
            Corrieron hacia la puerta trasera del laboratorio. Apenas la hubieron cerrado, la otra cedió y escucharon disparos que en solo segundos se detuvieron. A estos les siguieron gruñidos, golpes y los gritos de Whitmore. Luego silencio.
            Sin detenerse un segundo, Erika siguió a Dimitri por los oscuros pasillos. Destruyeron los transformadores, pensó ella con amargura. Apenas distinguían por donde iban. Y justo cuando llegaron a la salida tropezaron con dos de los monstruos. Dimitri no perdió un segundo y sin pensarlo abrió fuego. Ambos cayeron inertes.
            Ahora en silencio dijo pero cuando hubo dado un paso, otro humanoide lo derribó. Iba a morderle el cuello pero Dimitri puso su brazo. Ante su grito Erika no aguantó. Saltó hacia adelante y sacando el cuchillo que siempre llevaba en su cinto, lo hundió en el cuello del monstruo. Con un gorgoteo este cayó al suelo en donde quedó inmóvil después de estremecerse un tanto.
            Ven, salgamos de aquí dijo ella mientras lo ayudaba a caminar después de levantarse del suelo, sorprendida de su repentina fuerza.

            Cuando Erika abrió los ojos ya era de mañana. Dimitri dormía cerca, aferrando con fuerza su rifle. Dejándolo dormir, ella se levantó y se estiró. Sus huesos crujieron, provocándole una sonrisa. Tomó un trago de agua y sintió que algo en su bolsillo vibraba. Sacó un pequeño objeto metálico de forma rectangular. Lo observó fijamente.
            ¿Qué rayos…?
            Cuando tocó su centro, el objeto le mostró varias imágenes. Vio un planeta que no conocía. Luego una carretera. La Tierra, pensó ensimismada. Luego vio a una mujer saltar de una nave de la cual descendía un haz de luz blanca. El único auto que conducía por allí se estrelló contra un árbol. De este bajó un joven que se le hacía conocido. La mujer se le acercó. Era alta y delgada, con el cabello largo y plateado.
            Celyanne, hermana…
            Guardó el objeto y se sentó. Iba a levantarse cuando un temblor sacudió el suelo y nuevamente los tambores comenzaron a sonar.

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