martes, 22 de septiembre de 2015

La Isla de los Naúfragos: Capítulo 10


El Ritual de Yavimpa

                Apenas cruzaron la puerta, descubrieron que Roanoke era un pequeño poblado situado en un valle atravesado por un río. Este valle se encontraba justo en medio de un acantilado. Las casas eran de madera y los caminos de tierra y piedra. Estos eran señalados por rocas blancas del tamaño de melones.
            El sujeto calvo, Javimpa lo llamaban, era una especie de sacerdote. Según él decía,  los dioses le rebelaban sus designios mediante visiones extenuantes durante un ritual. “Debe estar loco”, pensó Kyra apenas lo escuchó, sin estar convencida de nada.

            –¿A dónde vamos? –preguntó mientras se reunía con Jafet y Keven en el camino.
            Un grupo de habitantes pasaron frente a ellos en ese momento y les observaron en silencio, claramente impresionados.
            –Leah dice que debemos asistir a esa reunión. Javimpa hablará con los dioses –respondió Keven en tono sarcástico.
            –Solo existe un Dios –comentó Jafet.
`           Kyra asintió mientras cambiaba su peso de una pierna a la otra pero Keven solo sonrió.
            –Tienes razón pero ya verán el porqué de sus “visiones” –dijo mientras encerraba la última palabra en comillas con sus dedos.
            No había terminado de hablar cuando apareció Leah. Esta llevaba el cabello rubio trenzado, una blusa de un blanco deslumbrante y una falda del mismo color. En sus brazos y piernas, al igual que en su cuello, llevaba anillos de oro que le quedaban bastante ajustados. Cuando se acercó, solo les dijo:
            –Síganme.
            Les dirigió por un camino recto aunque lleno de piedras sueltas. El silencio les rodeaba. Tan solo escuchaban el crepitar del fuego en las antorchas que alumbraban el camino y las ropas de Leah, que susurraban a su andar. La brisa era casi inexistente.
Al poco tiempo se unieron a los demás habitantes de Roanoke y cuando estuvieron todos reunidos en el patio de ceremonias, el cual era un espacio pelado de tierra cuyos bordes eran marcados por enormes rocas grises y llenas de dibujos, llegóYavimpa. Llevaba puesta una túnica negra con capucha, cuyas mangas largas eran anchas.Sostenía su báculo en una mano y en la otra llevaba una caña larga, delgada y hueca.
            Se detuvo en el mismo centro junto a un antiguo pedestal de piedra y se quitó la capucha. El brillo de las antorchas hacia brillar su calva. Dos sirvientes se adelantaron cargando una enorme caja de piedra cuyo contenido vaciaron dentro del pedestal. Al terminar se fueron y Leah se adelantó. El silencio invadió prontamente el patio.
            –Es para mí un honor estar de vuelta entre ustedes, mi pueblo –habló ella, extendiendo ambas manos hacia los habitantes de Roanoke– pero también me complace anunciarles la llegada de tres náufragos que han huido de las cárceles de los salvajes.
            Los murmullos no se hicieron esperar. Algunos aplausos se alzaron un momento para luego extinguirse en el silencio nocturno.
            –Estoy segura de su propósito en Roanoke pero no así Yavimpa, quien hará el ritual pertinente.
            Apenas terminó de hablar, Leah retrocedió hasta donde estaban ellos. “Parece que Leah no cree en tus rituales, Yavimpa”, pensó Kyra mientras miraba al sujeto que ahora hacia una reverencia al público.
            –¿El ritual pertinente?–preguntó en un susurro cuando Leah estuvo cerca.
             –Contactará a los dioses y ellos le dirán que sucederá –respondió ella sin apartar la vista del pedestal de piedra.
            –¿Tu lo crees? –preguntó Jafet sorprendido.
            –No, nadie lo cree aunque cosas raras siempre suceden cuando lo hace –respondió y se encogió de hombros–. Va a empezar –anunció.

            Yavimpa se acercó al pedestal y puso la caña adentro. Luego se puso el otro extremo de la misma en la boca. Uno de los sirvientes se adelantó con una antorcha y encendió el contenido. Un humo gris ascendió suavemente frente a él, quien exhalaba con fuerza. Después de un par de exhalaciones, los ojos se le fueron en blanco y en su rostro se dibujó una sonrisa. Dio unos pasos tambaleándose y cayó de bruces al suelo, en donde se quedó inconsciente.
            –No viaja al mundo espiritual: usa drogas. Por esa razón ve cosas extrañas –dijo Keven sin poder contener una sonrisa. Varios de los nativos le dedicaron sendas miradas de enojo.
            –¿Drogas? No sé qué son –dijo Leah– pero de todos modos debemos esperar a que despierte para conocer su decisión.
            Kyra había estado tan pendiente del ritual de Yavimpa y de lo que hablaban Leah y su hermano que se sorprendió al descubrir que Jafet la miraba en silencio.
            –¿Estas bien?
            Kyra asintió. La pregunta la había sacado de sus pensamientos. Con un gesto, Jafet le indicó que la siguiera. Ambos se alejaron lo más en silencio posible pero siempre fueron vistos por algunos de los habitantes, quienes no les quitaban la vista de encima hasta que ambos desaparecían de su campo de visión.
            Se alejaron hasta llegar a un estanque lleno de ranas que croaban sobre unos nenúfares verdes y grandes. Y desde allí observaban en el agua el reflejo de las estrellas como si de un espejo se tratara.
            –¿Crees que nuestras familias estén bien? ¿Tus padres y los míos? –preguntó Kyra sin poder contener las lágrimas.
            Jafet se acercó a ella y la abrazó mientras pasaba una mano por su espalda y con la otra acariciaba su cabello.
            –Claro que están bien y nosotros lo estaremos. Saldremos de aquí –le dijo al oído y luego le dio un beso en la mejilla. –Además, te dije que Keven estaba vivo y mira que fue cierto.
            –Pero esto es diferente.
            Su voz ahora tenía un leve tono de desesperación. Ella misma lo percibía y aunque trataba de contenerlo no lo lograba. Se sentía encerrada en una enorme jaula, cortada y aislada del mundo. Jafet se separó lo suficiente para mirarla a los ojos.
            –No, no lo es.
            –Creo que estoy enloqueciendo, Jafet. Quiero salir de aquí ya. No puedo… –comentó ella en voz baja pero se le quebró la voz y apartó la mirada, dirigiéndola hacia unos arbustos cercanos.
            –Es la isla. Está llena de misterios –concluyó Jafet, encogiéndose de hombros y sonriendo.
            Kyra no pudo evitar sonreír también. Por más problemas que tuvieran, Jafet siempre la tranquilizaba con una sonrisa. “Creo que nunca se toma los problemas en serio”, pensaba ella.
            –Te amo –le dijo él y acercándose a ella le dio un beso en la boca.
            Así los consiguió Leah unos segundos después.
            –Yavimpa despertó –anunció y luego se retiró, sintiéndose algo incomoda.
            –Aguafiestas –murmuró Jafet por lo bajo mientras Kyra reía a carcajadas por vez primera desde que llegaran a la isla.
           
            De vuelta al patio, todos estaban en silencio. Yavimpa estaba de pie junto a los dos sirvientes. Iban a sentarse cuando Leah les indicó que la siguieran. Keven se unió a ellos.
            Se dirigieron hasta el centro del patio y allí se detuvieron, nerviosos y en silencio. Yavimpa los miraba de uno en uno. “¿Qué le pasa al calvo este? ¡Que avance y hable ya!”, pensaba Kyra mientras se tamborileaba los muslos con sus dedos. Sentía los ojos de la multitud a su espalda sobre ella. Las gotas de sudor hacían camino por su cuerpo y le hacían estremecerse.
            –Los dioses han hablado –declaró en voz alta, en un tono de voz duro y autoritario. Luego los señaló mientras miraba a la multitud: –¡Ellos tomaran la ciudad de oro!
            Kyra lo miró sorprendida. En su rostro se grabó una mueca de desconcierto.
            –¿La ciudad de oro? –le preguntó a Leah, alzando la voz por encima del alboroto de la multitud.
            Jafet y Keven también lucían desconcertados y confundidos pero Leah solo sonreía mientras los miraba a los tres.
            –Les explicaré todo con detalles. Ahora es mejor que vayan a descansar –les dijo e indicándole que la siguieran, echó a andar ignorando a la feliz multitud que hacía reverencias cuando ellos pasaban.
            “No me gusta nada lo que está sucediendo”, pensó Kyra cuando volvió la mirada atrás y vio a Yavimpa junto al pedestal, aspirando más humo.

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