viernes, 9 de octubre de 2015

La Infección: Capítulo 3

Huida

            Hunter había salido temprano y cerrado la puerta con seguro. Afuera soplaba una fresca brisa. El sol brillaba con fuerza en un cielo completamente despejado y en el suelo se observaban charcos de agua que se evaporaban poco a poco. Aun así el frío se le pegaba de la piel y le helaba los huesos. Más de una vez tembló, aun con el abrigo de lana que llevaba puesto esa mañana.
            La destrucción de la tormenta era evidente, la fuerza de la misma había sido devastadora. Pedazos de chatarra, paneles de madera, zafacones y buzones se observaban rotos por doquier, amontonados contra las paredes de las abandonadas casas o sobre los techos de los autos.
            Pasó de largo en su andar varias casas. Se detuvo y miró atrás, hacia la que usaban de refugio. Esta era de dos pisos, pintada de blanca y con una verja en muchas partes rota. Todas las ventanas estaban tapadas por tablas de madera y el jardín estaba abandonado. La puerta antes blanca estaba sucia y llena de rasguños. Había sido reparada con más tablas.
            “Bien, si me quedo mirando no hago nada”, se dijo y reanudó la marcha. Cuando se hubo alejado unos veinte metros, comenzó a cuidarse en cada paso. Aferraba con fuerza su cuchillo en la mano derecha y en la izquierda sostenía una pistola Glock .40 con silenciador.
            Caminó por espacio de dos horas. Entró en varias casas y consiguió comida enlatada, jugos, refrescos y dulces. Recogió cuanto pudo y lo metió en una mochila que llevaba. Luego vendría por más. Encontró también comida de bebe, un par de botellas, ropa y hasta unos peluches. Tomó uno en sus manos y lo observó ensimismado. Era un conejo marrón y peludo con grandes ojos negros. Apenas lo había guardado cuando escuchó un gruñido. Se dirigió hacia la ventana y lo que vio lo sorprendió: cientos, sino miles de infectados caminaban sin rumbo por la calle.
            Sin perder tiempo agarró la mochila y se la puso en la espalda. Luego aferró con fuerza el cuchillo y la pistola y salió de la casa. Cruzó el pequeño patio trasero y zigzagueó entre las casas. Estaba obligado a moverse más despacio si no quería hacer ruido pero los infectados eran tantos que no pudo evitarlo. Ya lo habían visto así que procuró distraerlos. Pasó enfrente del refugio y lo siguió de largo. Se encontró con un par de infectados errantes, a los cuales mató apuñalándolos en la cabeza. Luego, cuando perdió de vista al grupo, hizo una gran curva y volvió al refugio, entrando por la puerta trasera lo mas en silencio posible.
            Encontró a Mónica y a Beatriz todavía en la sala, totalmente ajenas a todo lo que afuera sucedía. Ambas se sorprendieron al verlo entrar tan deprisa. Se acercó a ellas, llevándose un dedo sobre los labios.
            –Suban y no hagan ruido –susurró mientras las apuraba. –Vienen muchos infectados por las calles.
            Una vez llegaron a la habitación, Hunter dejó la mochila en el suelo y corrió de vuelta al primer piso. Allí dio un vistazo a todas las ventanas y puertas para luego subir nuevamente.
            –La casa es segura –dijo mientras cerraba la puerta.
            Con cuidado, los tres se asomaron por la ventana. Los infectados no los veían pero se movían como en manada. Tropezaban, caían, se pisoteaban unos a otros y los que sobrevivían a eso, se levantaban y continuaban. Media hora después pasaron y el silencio volvió a dominar el vecindario.
            –Por hoy nos quedaremos aquí –dijo Hunter y buscando la mochila, sacó comida y bebida y las repartió. –Para Connor –añadió mientras le daba el peluche del conejo a Beatriz.

            Apenas había caído la noche cuando el llanto de Connor les despertó. Mónica encendió una vela y luego corrió a ayudar a Beatriz. Hunter se levantó enseguida y corrió hacia la ventana. Afuera, debido a la luz de la luna, notó varias siluetas que se acercaban a la casa.
            –Cállenlo –dijo, mirándolas. –¡Deprisa!
            De repente comenzaron a golpear las ventanas y las puertas. Hunter maldijo entre dientes. Mascullando palabrotas, agarró con fuerza la pistola y sacó el cuchillo.
            –¡Pero qué haces! –exclamó Mónica levantándose y mirándolo boquiabierta.
            –Evitar que suban, eso haré –replicó. Luego se acercó a ellas. –Recojan toda la comida,  algunas ropas y sabanas, ármense y cierren con seguro cuando salga. Apenas los mate, nos iremos de aquí. La casa ya no es segura –añadió hablando rápidamente.
            Ignorándolas a ambas, cuyas protestas eran algo escandalosas y evitando el llanto de Connor, Hunter salió hasta la escalera para descubrir que ya había algunos infectados subiendo por la misma. Los esperó arriba y mató a tres de ellos.
            –Mónica, abre deprisa.
            La puerta se abrió y Hunter se precipitó adentro, cerrando con seguro. Luego agarró una cama y la colocó a modo de barricada.
            –Debemos salir por la ventana.
            –¿Cómo saldrá Connor entonces? –preguntó Beatriz aterrada.
            Todos se quedaron en silencio. Los gruñidos estaban ahora al otro lado de la puerta.
            –Amárralo a tu espalda, deprisa –respondió Hunter.
            Mientras la ayudaba con ello, Mónica terminó de empacar y se colgó dos mochilas en la espalda. Hunter hizo lo mismo. Luego sacó las cortinas raídas de la ventana y rompió el cristal de un batazo. Agarró un cable que colgaba de la misma y señaló a Mónica.
            –Ve primero y cuando lo hagas, vigila en silencio. Suelta las mochilas por si debes correr.
            Mónica asintió y agarrando el cable, subió al alero. Miró hacia atrás y se lanzó. Cuando hubo llegado abajo, Hunter le indicó a Beatriz que viniera. Los golpes comenzaron a hacerse más potentes. La puerta se estremecía peligrosamente. Beatriz se negó al principio y fue víctima de las lágrimas pero se decidió cuando Hunter le dijo que no permitiera la muerte de otro Connor. Apenas ella hubo llegado, Hunter salió por la ventana y la puerta se derrumbó. Los infectados entraron en tropel: al menos una decena y seguían llegando más. Logró apuñalar a dos que se asomaron por la ventana, antes de bajar.
            –¿A dónde iremos? –preguntó Mónica.
            –Hay otra casa no muy lejos. Es bastante segura…si Connor no llora de nuevo –respondió Hunter, mirando hacia los lados. Se detuvo y observó atrás. Por el momento no los seguían. –Más no podemos hacer. Sería peligroso aventurarnos a estas horas por los campos.
            Mónica se mordió el labio. Después de unos segundos, se acomodó las mochilas y asintió. Beatriz llevaba ahora a Connor sujeto en sus brazos. Su mirada era de terror. Pero ambas siguieron prontamente a Hunter, quien se movía sin hacer ruido, con el cuerpo un poco encorvado.
            La calle frente a ellos estaba silenciosa. La luna les permitía ver el panorama sin problemas. Cuando llegaron a la casa, Hunter entró deprisa y verificó el primer piso: no había nadie. Mónica y Beatriz entraron cuando él les indicó, cerrando la puerta con seguro.
            –Abajo es seguro pero de arriba no tengo idea así que iré a verificar –dijo en un susurro y desapareció escaleras arriba.
            La casa era parecida a la que ellos usaron de refugio. La escalera tenía más o menos la misma cantidad de escalones y estaba cubierta por una alfombra gris. Arriba llegó a un pasillo lleno de cuadros de niños. Todas las puertas de las tres habitaciones estaban abiertas. Sosteniendo en sus manos un cuchillo y una linterna, se asomó a la primera. Estaba en completo desorden: las gavetas por el suelo, algunas piezas de ropa cubiertas de polvo como la cama, el ropero abierto y algunos libros regados. En el otro cuarto la escena fue parecida. Lo único que parecía normal era la tercera habitación pues era un baño.

            Mónica observaba por el cristal de la puerta. De vez en cuando creía escuchar un crujido cuando Hunter caminaba en las habitaciones de arriba. Se sobresaltaba cada vez que los escuchaba. Mientras tanto, Beatriz permanecía en silencio, sentada contra la pared con la mirada perdida. Acurrucado en su pecho estaba Connor, quien ahora dormía plácidamente.
            –Lo siento –dijo Beatriz. Su voz se quebró rápidamente.
            –No fue tu culpa –dijo Mónica en un susurro, volviéndose hacia ella rápidamente.
            –Pudimos haber muerto…
            –Pero no lo hicimos.
            –De no haber estado Hunter…

            Su voz se quebró y ella se restregó los ojos con ambas manos. Mónica asintió. Si no hubiese sido por Hunter hubiesen muerto. Hace tiempo. Iba a comentarlo cuando lo vio bajar las escaleras deprisa. Se acercó a la ventana y dio un vistazo. Luego verificó que la puerta tuviera seguro y les indicó que subieran.

1 comentario:

  1. Saludos Ryan, de nuevo nos quedamos con el suspense... Enhorabuena.

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