miércoles, 24 de agosto de 2016

La Infección: Capítulo 4

Los Gemelos

Antes de la tormenta…
            El día estaba muy feo, de eso no cabía duda. Claire miraba arriba con el ceño fruncido. Esas nubes grises no le gustaban en lo absoluto. Con fuerza se arregló el cabello negro, amarrándolo en una coleta. Agarró luego su rifle, que descansaba junto a un vehículo destrozado y se acercó a los demás.
            —Habrá lluvia hoy —anunció—. Debemos irnos al refugio —añadió mientras buscaba a Joaquín con la mirada.
            Los demás la miraron apesadumbrados. Eran un grupo pequeño. La líder era Claire, una joven delgada y alta, de rostro perfilado, ojos almendrados y cabello negro. Encontró a su hermano de pie en medio de la calle, observando con binoculares hacia el horizonte, en donde un enorme campo de hierba verde se extendía hasta donde el alcanzaba a ver. Sintió cuando su hermana se detuvo a su lado.
            —No hay nada. Ni uno solo de esos infectados —dijo.
            —¿Y sobrevivientes?
            Joaquín la miró y negó con la cabeza. Claire bajó la mirada y asintió. Volteándose le puso una mano en el hombro a su hermano.
            —La encontraremos.

            Una hora después estaban en el refugio. Claire se detuvo un momento junto a las enormes puertas de metal. Claramente recordaba el día en que había visto esas puertas por vez primera. Habían corrido huyendo de los infectados que les perseguían sin descanso. Salieron de la carretera y se metieron por un enorme campo. Habían divisado un grupo de arbustos y se metieron entre los mismos pero al salir se toparon con más infectados vagabundos.
            —Venga, por aquí —dijo Joaquín, halándola hacia la izquierda.
            Cada vez jadeaban más. Las piernas les pesaban y dolían. Tropezaban y resbalaban tanto que lo único que les mantenía con vida era la distancia entre ellos y los perseguidores además de la velocidad de estos. Su hermano miraba al frente todo el tiempo pero ella no. Observaba a los lados por si se les acercaban repentinamente.
            Cuando encontraron otra carretera, la siguieron sin detenerse aunque decidieron ir más despacio. Media hora después encontraron un pequeño grupo de viviendas, todas abandonadas. Inspeccionaron una, en la cual se quedaron a descansar esa noche.
            En medio de la noche un golpe seco despertó a Claire. Con el corazón dando tumbos, se arrastró hasta la ventana y miró. Un grupo de infectados vagaba en el mismo patio. Pero estos no parecían ser infectados normales. Olisqueaban el aire y miraban en dirección a la casa. Entonces uno de ellos se acercó deprisa y comenzó a golpear. La puerta se estremecía con cada golpe mientras los gruñidos se hacían más fuertes.
            —¡Estamos muertos! —susurró Joaquín.
            —Aún no nos han rodeado —apuntó Claire dirigiéndose hacia la parte trasera de la casa. Sacó un cuchillo y abrió la puerta. Todo estaba en silencio. Del mismo modo salieron y cerraron la puerta. Luego corrieron alejándose lo más que pudieron de la casa sin saber a dónde se dirigían o en donde estaban.

            —¿Claire? ¡Claire!
            Claire dio un respingo. Sacudió la cabeza y se restregó los ojos. Entonces percibió que se había quedado de pie, muy quieta y con la mirada perdida, viajando en sus recuerdos.
            —¿Estás bien? —le preguntó Daniel, poniéndole una mano en el hombro.
            —Sí, estoy bien.
            Daniel sonrió comprensivo y entró por las puertas. Claire lo observó alejarse. Nunca había confiado mucho en él. Y es que le parecía un tipo simpático, de esos que creían poder ganarse a cualquier mujer solo con su sonrisa. Lo había intentado con ella pero Claire no era una de esas chiquillas enamoradas. Y era precisamente por eso que él se había interesado cada vez más en ella.
            —Ni aunque el mundo se acabe te dejará en paz —le dijo entonces Samuel, quien era el líder del refugio, un hombre de cincuenta y tantos. Sus ojos verdes brillaban en un rostro lleno de arrugas. El cabello gris lo llevaba largo y amarrado en una coleta.
            —Parece que no se rinde —comentó ella, mirándolo. El viejo le devolvió la mirada, asintiendo.
            —Entra ya que la lluvia nos cae encima —le indicó mientras se volvía lentamente, observando el cielo.
            Al mirar hacia atrás, Claire descubrió que ella era la única que aun permanecía afuera. Joaquín le esperaba junto a la puerta. Y el cielo se iba oscureciendo cada vez más…

            Joaquín y yo llegamos una noche. Nos topamos con las puertas y descubrimos que no podíamos avanzar. Ambos buscamos una salida lateral pero no la había. Los infectados nos cerrarían el paso y nos arrinconarían tarde o temprano. Así que decidimos dar nuestra última batalla allí. Cansados como estábamos, soltamos los bultos y sacamos los cuchillos. Al menos mataríamos a unos cuantos antes de caer. Pero cuando comenzaron a aparecer en frente, dos enormes faros se encendieron por encima de nosotros, a ambos lados de la puerta. Los infectados se detuvieron unos segundos. La puerta se abrió y de ella salieron una veintena de personas, hombres y mujeres, todos con rifles de asalto en sus manos. Abrieron fuego pero no se escuchó ni un disparo debido a los silenciadores. Entonces un par de ellos tomaron nuestros bultos mientras otros dos nos halaban hacia dentro. Así fue como entramos en Hope, un refugio para sobrevivientes.
            Un relámpago iluminó el cielo seguido de un trueno que hizo retumbar los cristales. Claire suspiró y cerró la libreta. Se restregó los ojos y no quitó las manos, apoyando los codos sobre el escritorio. Llevaba horas escribiendo y tenía la vista cansada. Estaba decidida a dejar por escrito todo lo que Joaquín y ella habían pasado. De esa forma los descendientes de los sobrevivientes sabrían como fue la vida de ellos durante esos tiempos. Observó la vela encendida. La cera caía en el plato sobre el que estaba la misma.
            Incorporándose se asomó por la ventana. La lluvia golpeaba los cristales con fuerza, con golpes rítmicos e hipnóticos. El viento aullaba. Los árboles se doblaban debido a la potencia del mismo. Las calles de Hope estaban vacías y oscuras. Las casas estaban protegidas por paneles de madera y los vehículos allí estacionados (unos cuantos jeeps) aun funcionaban. Pero conseguir gasolina no era fácil, como tampoco lo era conseguir comida y agua.
            En Hope había poco más o poco menos de cien personas. De ellas, diez eran niños y catorce ancianos. El resto de las personas variaban entre jóvenes de dieciocho años hasta adultos de cincuenta y todos sabían lo que debían hacer pues Samuel les había dado roles a cada uno. Debido a ello existía el orden. Solo había un rol que todos debían seguir: protegerse entre ellos mismos. Por esa razón Claire lo admiraba. El era un líder, un verdadero líder. Sabía cómo mantenerlos unidos. Pero había algunos entre ellos que entorpecían su trabajo. Y era por eso que ahora recordaba claramente las palabras que Samuel le había dicho, las cuales eran citadas del antiguo ex presidente de E.U. John F. Kennedy: “ten a tus amigos cerca y a tus enemigos aún más cerca ”.
            Alguien tocó a la puerta, arrancándola de sus pensamientos. Se aclaró la garganta y se acercó a la misma.
            —Ya voy.
            Al abrirla se encontró a Joaquín, quien llevaba dos tazas en sus manos. Le extendió una al tiempo que decía:
            —Abajo están reunidos charlando, recordando viejos tiempos e hicieron chocolate. Toma y ven, únete a nosotros.
            Agradecida, Claire tomó la taza y bebió. Estaba caliente y apenas pasó por la garganta comenzó a sudar. Cualquier rastro de frío desapareció. Luego se dirigió a su escritorio y se sentó en la silla frente a este.
            —No quiero recordar el pasado de esa forma.
            Joaquín entonces se asomó fuera de la habitación. Cuando estuvo seguro de que los pasillos estaban vacios, cerró la puerta y se acercó a su hermana.
            —Los ex militares no quieren decir nada…de hecho, dicen no saber nada —dijo en voz apenas audible. Claire sonrió con sorna.
            —Siempre es lo mismo con ellos. Es información clasificada —dijo ella sonriendo para luego levantarse y mirar las fotos colgadas en un collage sobre la pared.
            —Solo pude averiguar que todo esto no fue un accidente. El virus venía en los misiles que estallaron en las ciudades —relató rápidamente—. Todo inició por un ataque.
            Claire frunció el ceño y se quedó en silencio. Debía averiguar por qué había sucedido todo, para entonces saber cómo detenerlo. Ese era su rol secreto, el que Samuel le había conferido.
            —También debemos saber de quién eran esos misiles ya que ninguna nación los detectó —señaló ella, rompiendo el silencio dentro de la habitación.

            Por la oscuridad aún dominante, creía que eran las tres de la mañana. El estruendo que provocaban el viento, la lluvia y los rayos no le había permitido pegar ojo. Enojada, se quitó la sabana que la cubría y la tiró arrugada al pie de la cama. Agarró la bata que descansaba enganchada sobre una vieja percha y se la puso. Entonces bajó hasta la cocina.
            La casa en la que vivía era bastante nueva; de hecho, así eran todas. La cocina era pequeña, al igual que la sala y el comedor. Y eran esas las únicas habitaciones del primer piso. Antes había una mesa con un televisor, un par de radios y muchos discos de música pero todo había sido amontonado en otra casa que usaban como almacén. Ahora la sala estaba ocupada por dos sillones largos de cojines cuadrados cuya tela roja estaba bastante gastada. Junto a estos había tres sillones mecedores cuya tela era verde. Una sola mesa pequeña quedaba en medio de todo y sobre esta descansaba un mapa de la región.
            La cocina, en cambio, no estaba tan llena. Además de la estufa, el fregadero y una alacena tan solo había una nevera sin puerta pues no servía. Buscó un vaso y lo llenó con agua. Luego buscó entre las cajas de galletas y encontró un paquete de galletas de maní. Tomó dos y se retiró a la sala, sentándose frente a la mesa.
            Entre las tablas de la ventana se colaba una ráfaga de viento frío que la hacía temblar. Se arrebujo más en su bata y se inclinó sobre el mapa. Una línea curveaba claramente sobre los caminos, pintada de negro con un marcador. Claire la observó preguntándose qué rayos podría significar hasta que vio de donde comenzaba.
            —Comienza en el campo en donde nos perdimos… ¡en donde perdimos a Mónica! —exclamó y no pudo evitar las lágrimas. Evidentemente Joaquín aun quería partir en su búsqueda.

2 comentarios:

  1. Hola, Ryan: Acabo de leer tu cuarto capítulo. Estuve recordando la primera vez en que leí algo tuyo en Literautas (no recuerdo bien qué era); es indudable que has logrado un estilo personal claro y correcto, A mí los tales infectados no me dicen nada, pero la situación de resistencia y escape ante cualquier peligro está muy bien plasmada. Saludos.

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    1. Muchas gracias por tus palabras. Pues si que he cambiado un poco la forma de escribir, parece increible que voy por dos años de participación. En cuanto a los infectados, ire aclarando todo en los siguientes capítulos, no sin antes añadir mas misterios.
      Saludos y gracias por el apoyo.

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