domingo, 18 de septiembre de 2016

La Infección: Capítulo 5

La Búsqueda

            Cuando salió el sol, dos días después de la tormenta, ya todo había vuelto a la normalidad. Se limpiaron los escombros de la mejor forma que pudieron y aprovecharon para hacer más fuertes y seguras las viviendas. Joaquín observaba el mover de todos desde la torre, un edificio que ellos mismos habían levantado. Era de unos cuatro metros de ancho y tenía diez pisos de alto. Arriba tenía un buen techo, unas planchas de metal para protegerse de los disparos, unos binoculares y un par de de bultos: uno con comida y el otro con balas.
            Los habitantes de Hope, hombres, mujeres, niños y ancianos, trabajaban en equipo. Apenas si quedaban un par de vigías apostados sobre las torres de los portones.
            —¿Joaquín?
            —Si, Claire, ¿qué pasa? —preguntó mientras la saludaba con una mano.
            —¿Qué ves?
            Joaquín miró hacia fuera de Hope. La llanura estaba silenciosa. Los arbustos y árboles se mecían suavemente debido a las ráfagas de viento pero fuera de ellos, solo los pájaros se movían. Negó con la cabeza mientras seguía observando con los binoculares.
            —No se mueve nada, excepto los pájaros.
            —Entendido.
            Luego se sentó en una pequeña silla metálica. Se restregó los ojos y volvió a mirar por los binoculares. Entonces vio un auto que se acercaba a toda prisa. Lo observó esquivar escombros por el camino hasta que se detuvo junto a las puertas. Agarró el radio.
            —Abran la puerta, es Samuel —indicó.
            Abajo la enorme puerta se abrió hacia atrás, dejando entrar el vehículo para luego cerrarse con estrepito. Vio a todos correr hacia el auto, luego vio a algunos alejarse a toda prisa.
            —Joaquín, vigila el perímetro y alértanos de cualquier cosa rara que veas —ordenó Daniel con voz enérgica.
            —Entendido —dijo este mientras volvía a mirar.
            —¿Qué le sucedió? —escuchó claramente a su hermana preguntar.
            —Infectados nos atacaron y en la huida Samuel cayó sobre su cuchillo, enterrándoselo en el abdomen —relató Daniel con voz jadeante—. Huimos deprisa pero nos seguían cientos de ellos —terminó.
            Sin perder un segundo, Joaquín agarró con fuerza el rifle de francotirador que descansaba sobre un trípode. Verificó que estuviera cargado y dejó más cartuchos de balas justo al lado del mismo. Barrió la llanura usando la mira. Todo seguía tranquilo: por ahora no había signos de persecución.
           
            Por la tarde, Joaquín fue relevado por Yara, una joven de rostro delgado, cabello castaño y lacio, ojos color miel y cuerpo atlético. Apenas se encontraron al pie de la torre, ella le sonrió y él se tropezó y dejó caer su mochila, desparramando todo su contenido por el suelo.
            —Lo siento —murmuró mientras se doblaba y comenzaba a recoger todo deprisa.
            —Tranquilo, te ayudo —dijo Yara arrodillándose junto a él.
            Apenas terminó, cerró la mochila, murmuró un hasta luego y se fue. Escuchó la risa de Yara y el hasta luego que le dijo mientras se encontraba con Claire, que parecía muy divertida.
            —Entonces Yara y tu…
            —Cállate.
            Joaquín se sonrojó mientras su hermana reía. Se dirigieron por un camino de piedras entre un par de casas. Luego se detuvieron al borde de la calle mientras un par de vigilantes manejaban una excavadora. El ruido que hacía la misma no les dejaba escuchar lo que decían así que hicieron silencio. Cuando hubo pasado, reanudaron la marcha y Claire le informó de todo.
            —Samuel tardará mucho en sanar pero al menos sobrevivirá.
            —¿Y quién dirigirá Hope mientras se recupera? —preguntó Joaquín mientras corría, esquivando un enorme charco de agua.
            Claire lo miró como si fuera lo más obvio del mundo. Él no pudo evitar sonreír. No dijeron nada durante unos minutos.
            —Entonces, Daniel y tu…
            —Cállate.

            Desde la puerta observaba las afueras de Hope. Había estado caminando por la muralla alrededor del pueblo pero todo estaba tranquilo. Dentro del pueblo ya era otra cosa. Cuando su hermana y él se dirigieron a la casa principal, la casa de Samuel, que se encontraba en el mismo centro de Hope, no pensaban que les iban a encomendar una misión de tanta importancia. Pero lo hicieron. Y Joaquín estaba nervioso. Allá afuera solo estarían su hermana, Yara y él. Y para colmo Yara. Ella era una cazadora experta, que sabía moverse en completo silencio pero no era eso lo que le molestaba: pensaba que con ella a su lado, Claire peligraba pues él no funcionaría bien. Así se lo dijo a ella pero tan solo le dio un consejo: le dijo que respirara.
            «Que consejo más patético», pensó mientras apoyaba sus codos sobre el muro. El sol ya se estaba ocultando y el cielo tenía un color algo rosado. Un par de nubes grises y gordas vagaban por las alturas, casi sin poder ser arrastradas por el suave viento. Recordaba muchas cosas últimamente, cosas de cuando todo comenzó. Y fue con una enorme explosión seguida por un chirrido metálico. Los edificios cayeron. Los aparatos electrónicos cercanos al epicentro fueron destruidos. Pero la gente no murió por la explosión. No hubo siquiera incendios, a excepción de los indirectos. La gente enfermó. Al principio era solo una tos seca a la que luego se le añadía una fiebre intensa que hacía delirar. Muchos murieron en las primeras horas mientras que otros eran aquejados por dolores de cabeza, contracciones musculares y ceguera. Y eso no era todo. Los muertos no se quedaban muertos: ellos volvían.
            «¿Que pensarán?», se preguntó mientras juntaba sus manos. Tan absorto estaba en sus pensamientos que no se había percatado del infectado que se acercaba a los muros caminando lentamente por el campo. Tenía un pantalón largo, sucio y desgarrado. Iba descalzo y su camisa antes blanca estaba gris y llena de jirones. Una corbata negra se balanceaba sobre su pecho al caminar.
            El sonido de un disparo le hizo sobresaltarse. El infectado se derrumbó de cara al suelo y ya no se movió. Joaquín miró a su lado y vio a Yara, quien estaba guardando una pistola.
            —¿Por qué no lo mataste? —preguntó señalando a su cintura, en donde tenía su pistola enfundada.
            Joaquín no respondió y en cambio dirigió la vista hacia el campo. Todo parecía extrañamente en silencio. Pasados unos minutos, durante los cuales estuvieron en silencio y tensos, ambos bajaron de la muralla.
            —No debí haber disparado —comentó.
            «Cierto».
            —Eso ya es pasado. Además, yo debí matarlo, no quedarme mirando a ver qué hacía —dijo Joaquín.
            —¿Entonces por qué no lo hiciste? —preguntó Yara. Joaquín siguió caminando y no le respondió. Entonces ella se paró frente a él, haciéndole detenerse en medio de la calle—. ¿Y bien?
            —Tengo que estar seguro de que ya no tienen remedio —respondió y rodeándola, siguió caminando. Yara lo observó alejarse en silencio para luego ella darle la espalda y alejarse entre las casas.

            En el edificio central Claire y Yara estaban esperándole, ambas sentadas frente a una mesa larga. Observaban por la ventana lo que sucedía afuera mientras Daniel iba de aquí para allá con un par de ayudantes, moviendo cajas de alimentos, de ropa y agua. Muchos papeles servían de alfombra en un suelo cuyas losas blancas estaban llenas de suciedad.
            Cuando Joaquín entró, ambas se levantaron enseguida y agarraron sus mochilas. Las guió hasta el estacionamiento, en donde había una docena de autos que todavía funcionaban. Entraron en un Corolla del 2005 color rojo. Claire manejaba mientras Joaquín iba tranquilo, recostado en el asiento del pasajero. Detrás estaba Yara, quien usaba ropa de camuflaje.
            —Recuerden cual es la misión: buscar información del virus —recordó mientras encendía el auto. Con un estremecimiento el motor rugió.
            —¿Y cómo sabremos donde está? —preguntó Joaquín, enderezándose repentinamente.

            —Uno de los científicos habló así que vayamos y averigüemos como curar esa cosa —respondió mientras arrancaba.

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