martes, 4 de octubre de 2016

La Infección: Capítulo 6

Hijos de la Infección

            Hunter estaba acostado de pecho en el suelo. Se había arrastrado lentamente hasta el borde de una colina y después de echar una mirada hacia atrás, a la Rav4 negra en donde estaban Beatriz, Connor y Mónica, sacó sus binoculares y se dispuso a mirar abajo.
            Entre los edificios arruinados y abandonados veía muchos autos en un enorme estacionamiento. Y recostados sobre al lado de los autos veía a muchos infectados. La mayoría apenas se movía y los pocos que lo hacían, no podían estarse en pie.
            —¿Qué rayos les sucede? —se preguntó mientras barría el estacionamiento de izquierda a derecha.
            Entonces se detuvo repentinamente. Uno de los infectados cayó de espaldas al suelo y se quedó inmóvil. Pero eso no fue todo lo que sucedió con él. Mientras Hunter observaba, el cadáver se infló hasta el doble de su tamaño para luego estallar. Las entrañas y demás restos cayeron regados a su alrededor. Y en donde había estado el cadáver ahora observaba claramente a una criatura de color verde oscuro. En un principio se quedó inmóvil pero después se sacudió  y rugió. Tenía unos dientes afilados y una cola larga. Sus ojos brillaban de un color rojo sangre, muy intenso pero eso no era lo peor. Poco a poco, como respondiendo a su rugido, los demás infectados comenzaron a estallar…al menos los que por su aspecto parecían tener varias semanas.
            «Hora de irse», pensó Hunter mientras retrocedía hasta la camioneta. Abrió la puerta rápidamente y entró intentando no hacer ruido. Por el rostro de Mónica y Beatriz, adivinó que estas habían escuchado el rugido.
            —Pongan seguro a las puertas, mantengan los cristales cerrados, agáchense y quédense en silencio —ordenó Hunter antes de que hablaran.
            Ambas obedecieron en seguida. Oyeron más rugidos. Estos sonaban aterradoramente cerca ahora. Connor agitó sus manitas y piernitas. Hunter y Mónica abrieron sus ojos de par en par pero Beatriz solo lo meció un poco mientras susurraba.
            De la nada comenzaron a subir por la colina. Eran al menos una decena y todos del mismo tamaño: tres pies de altura. En un hocico como de murciélago podían verse una veintena de colmillos blancos y afilados. Los ojos eran enormes, rojos y estaban a los lados de la cabeza. El cuerpo era musculoso y las patas terminaban en garras.     
            Uno por uno pasaron junto al auto sin hacerle el más mínimo caso, a excepción del último que se detuvo justo donde Hunter había estado acostado. Olfateó el suelo unos instantes, rugió y siguió a los demás.
            Nadie se atrevió a hablar durante unos minutos. Apenas si se atrevieron a mirar a los lados. Hunter fue el primero en moverse, observando por el espejo de atrás. La carretera estaba vacía: era obvio que se habían internado entre los árboles al otro lado del camino.
            —¡Que digan lo que quieran pero estos monstruos no surgieron por el H1N1! —exclamó Mónica, recuperando el habla de repente.
            —Totalmente de acuerdo —asintió Hunter mientras buscaba su pistola.
            —No debimos dejar la casa. Allí estaríamos más seguros —opinó Beatriz, que seguía meciendo a Connor.
            Hunter negó con la cabeza.
            —Allí nos habrían rodeado y sería solo cuestión de tiempo.
            —¿Y qué haremos ahora? —preguntó Mónica.
            —Primero que nada, bajaremos hasta ese estacionamiento… —comenzó a decir Hunter pero Beatriz le interrumpió.
            —¡Estás loco! ¡Nos matarán!
            —No pueden moverse así que debemos quemarlos para que no salgan esas otras cosas —apuntó Hunter y luego añadió: —Además, hay una armería intacta allí.
            Mónica y Beatriz se quedaron en silencio, pensando en lo que Hunter acababa de decir.
            —Bueno, necesitamos las armas —comentó Beatriz no muy convencida.
            Hunter estacionó el vehículo junto a la caída verja del estacionamiento. Ninguno de los infectados se les acercó y ninguna otra cosa les seguía. Mónica y él bajaron deprisa, ambos llevando sus cuchillos en sus cintos y bates en mano. Corrieron entre los restos de infectados que estaban esparcidos sobre la brea, cubiertos de un líquido amarillo, oscuro y pegajoso.
            —¡Qué asco! —murmuraba Mónica, intentando esquivarlos con poco éxito.
            Hunter no le hacía caso. Mientras caminaba, observaba a todos los infectados, los que estaban cerca y lejos. Desconfiaba de ese silencio y para colmo el día estaba soleado y el cielo completamente despejado: ni siquiera el clima les podía ayudar a ocultarse en ese día. Uno de los infectados extendió su mano y le agarró la bota. Hunter sacó el cuchillo y lo hundió en su frente. La mano lo soltó. Le hizo señas a Mónica y ambos continuaron su camino.
            Minutos después llegaron a la armería. Era un edificio oscuro y estrecho. Apenas tenía un par de sillas a cada lado y un mostrador enfrente. Detrás del mostrador había una puerta enorme pero cerrada. Hunter la verificó de cerca, alumbrándose con una linterna, tapándose un poco la nariz para no respirar el olor a carne en descomposición que invadía el ambiente.
            —¡Perfecto, no ha sido bandalizada! —exclamó aliviado.
            —Pero está cerrada —señaló Mónica, desesperanzada. Estaba justo al lado de la puerta, observando el auto en donde les esperaban Beatriz y Connor.
            —Si, pero si mi teoría es cierta…—dijo y se movió hacia el cadáver de un sujeto vestido de azul oscuro—, las llaves están aquí—. Apenas lo dijo, agarró un manojo de llaves del bolsillo del muerto.
            El candado se abrió con un clic y Hunter entró a la bóveda. Tal como pensaba, encontró desde pistolas y escopetas, hasta rifles de asalto y un par de rifles de francotirador. Había gas pimientas, pistolas taser, cuchillos de militares y otras tantas cosas más. Buscó entre unas cajas de cartuchos y balas hasta encontrar unas enormes mochilas negras.
            —Mónica, ayúdame —susurró desde la puerta de la bóveda.
            Esta llegó corriendo enseguida. En unos veinte minutos tenían unos diez bultos cargados de balas, cartuchos y armas de diferentes tamaños. Tardaron una media hora más en llevarlos al auto.
            —Ah… ¿Hunter?
            —Si, Mónica, ya lo sé —dijo Hunter entre dientes mientras cargaba los últimos dos bultos.
            Cuando estuvieron en el baúl del auto, cerró con llave y corrió hacia la bóveda junto a Mónica. Llenaron un par de cartuchos cada uno y cerraron con candado.
            —Por si tenemos que regresar algún día —dijo mientras salían de la tienda.
           
            —¿Ya terminaron? —preguntó Beatriz cuando ambos se acercaron nuevamente al auto.
            —No, aun debemos quemarlos —respondió Hunter.
            —Pues dense prisa antes de que nazcan —aconsejó Beatriz, alterada.
            —¿Cómo los quemamos? —preguntó Mónica.
            Beatriz se encogió de hombros, mordiéndose los labios. Tenía un tic en la pierna y no paraba de mirar hacia atrás y a los lados. Hunter dio un vistazo también, buscando algo que les ayudara pero no encontró nada. Resignado, cerró la puerta del auto y sacó un encendedor del bolsillo. La pequeña llama bailó un momento acariciada por la brisa antes de desaparecer.
            —Intentemos quemarles la ropa —propuso.

            Las llamas tardaron en encender la tela pero apenas lo hicieron, consumieron la carne también. Los infectados se movían levemente mientras eran consumidos como si de antorchas se tratara. Otros se quedaron quietos. Los huesos crujían y el olor a carne quemada invadió el aire. Una enorme espiral de humo ascendía ya sin control alguno.
            Escucharon un ruido seco. Mónica se quedó paralizada mirando hacia atrás. Uno de los infectados estaba hinchándose sobremanera y aun no se quemaba del todo. Hunter la agarró por el codo.
            —Vamos al auto —le susurró mientras la halaba.
            Ambos se fueron lo más en silencio posible pero apenas habían dado unos pasos cuando el cadáver reventó. Mónica y Hunter olvidaron toda precaución y corrieron. Ignoraron un rugido a sus espaldas; tenían la vista fija solo en el auto, desde el cual Beatriz les hacía señas con las manos.
            —¡Deprisa, deprisa! —gritaba mientras Hunter y Mónica se montaban y cerraban la puerta, ambos jadeando y cubiertos de sudor.
            —¿Crees que nos haya seguido? —preguntó Mónica, agitada.
            Hunter abrió la boca pero no respondió. La criatura que acababa de nacer estaba de pie en el borde de la colina, observándolos directamente. Abrió la boca y dejó ver unos colmillos blancos, largos y delgados.

            —¡Hora de irnos! —exclamó Hunter. Encendió el auto y poniéndolo en reversa, entró en la carretera.

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