martes, 27 de diciembre de 2016

El Lápiz Mágico

Todo comienza el día en que descubres tu don. Ciertos escritores dirán que todo se debe a la imaginación o a la planificación, quizás, de las increíbles historias que de sus teclados o lápices nacen. Pero la verdad es más que eso. Cada historia pertenece a una dimensión distinta. No, los escritores no crean nada: tan solo narran lo que sucede en esas dimensiones. Son como un canal por donde fluyen las historias a las que tan solo contribuyen con detalles, haciéndolas más vividas y embelleciéndolas”.

            Las palabras de Erika resonaban en mi cabeza como un eco. Mi corazón parecía querer salirse del pecho y tuve que obligarme a normalizar mi respiración. Nada había sido fácil en estos días que pasaron. Las condiciones climáticas cambiaron drásticamente. Temo que las dimensiones se hayan desestabilizado a tal punto que los mundos se estén mezclando. No, Erika no cree que la situación sea tan mala, pero noto su inseguridad. Pese a ser la valkiria de la sabiduría, esto se le escapa a su conocimiento.
            La miré de reojo por el espejo retrovisor; su mirada perdida en el paisaje a nuestra derecha. A su lado, Dimitri intentaba darle ánimos pero todo de forma inútil: él mismo ya se está convirtiendo en un mirmidón, un agente de la destrucción. «Justo como yo lo imaginé», pensé con amargura al ver la venda en su brazo. La había cambiado hacía unos momentos y ya volvía a sangrar. «El caos es evidente».
            Detente aquí dijo Erika de repente.
            La carretera por donde íbamos estaba completamente abandonada. A ambos lados de la misma se extendía una llanura por la cual pacían las vacas, a las cuales solo una cerca blanca impedía entrar a plena calle. Estacioné en una orilla y los tres bajamos. El silencio que nos rodeó era sobrenatural. Una fina capa de niebla se retorcía cerca del suelo y en el cielo se podían observar repentinos fogonazos verdes que se convertían en letras y números. Estos flotaban unos instantes y luego se desvanecían.
            No hay nada aquí y el sol está por ocultarse dijo Dimitri, dando un vistazo alrededor. Su voz estaba cargada de decepción.
            Sí, más adelante murmuró Erika, dando unos pasos para luego volverse a mí. Sacó de su bolsillo un lápiz y me lo dio—. Debes irte a tu casa y escribir usando este lápiz.
            ¿Pero por qué?
            Quien abrió las dimensiones lo hizo debido a que el lápiz no pertenece a este mundo e intenta siempre regresar a su origen. Así es como pudo abrir caminos entre las mismas hasta el punto de mezclarlas. Con su dominio, tú podrás regresar todo a la normalidad respondió ella.
            Iba a protestar cuando Dimitri me interrumpió.
            Por lo general, siempre tiene razón.
Increíble…¡Ahora mis personajes me dictan lo que he de hacer!comenté irritado para luego asentir. Tomé el lápiz y lo guardé—. ¿Ustedes vendrán conmigo?
            Tenemos ciertas cosas que averiguar pero ya nos veremos después respondió Dimitri.
            Me quedé allí, viendo cómo ambos se internaban en la llanura. Repentinamente desaparecieron en un fogonazo azul, que me hizo sobresaltar. Sin saber qué hacer, volví al auto y me dirigí a casa.

            Era ya entrada la noche cuando llegué. «Gracias a Dios que mi familia está de vacaciones», pensé mientras bajaba corriendo las escaleras. Por las ventanas semi abiertas, vi las luces encendidas. «Extraño. Yo no las dejé así». Apenas había dado unos pasos después de abrir la puerta cuando sentí un fuerte golpe en la cabeza.
            Cuando desperté estaba sentado en uno de los sillones, con las manos atadas. Veía todo borroso. Al recuperar completamente la vista, vi a una mujer sentada frente a mí, mirándome. Era delgada y llevaba un traje verde ceñido a la cintura. Su cabello rojo intenso, rizado y sus ojos verdes eran los más hermosos que había visto. Un escalofrío recorrió mi espalda. Conocía a esa mujer. Era tal como la había imaginado, después de que me decidiera a cambiarle la imagen debido a los comentarios de mis compañeros Literautas. No había duda.
            —Ryan Infield Ralkins —dijo mientras se golpeaba un muslo con su famoso cuchillo— tenemos mucho de qué hablar. Víktor, desátale las manos —ordenó y este obedeció deprisa.
            —¡Lady Constance! —fue todo lo que pude decir.

            «¡Que Dios me ayude!», pensé mientras me perdía en su sonrisa y en la belleza de su rostro, sin estar seguro de cómo debía sentirme…

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