sábado, 15 de abril de 2017

La Infección: Capítulo 8

El Laboratorio

            El laboratorio se encontraba justo frente a ellos: una enorme caverna oculta en un bosque daba acceso al mismo. Cuando estuvieron cerca pudieron leer el nombre escrito en enormes letras negras: laboratorio de investigaciones especiales John Arnold Reagan. Unas escaleras daban acceso a un pequeño vestíbulo en donde les cerraba el paso una puerta de cristal.
            —No me gusta nada este sitio —susurró Yara. El eco se perdió entre las rocas de las paredes.
            —Un laboratorio oculto bajo tierra…típico —dijo Claire mientras subía las escaleras.
            Joaquín y Yara se apresuraron en seguirla. Los escalones estaban resquebrajados en algunos sitios y cubiertos de pequeñas rocas y terrones de tierra rojiza. Más de una vez resbalaron antes de llegar al vestíbulo.
            Observaron todo con atención: la puerta podría romperse pero haría ruido. Observaron la ranura a un lado de la misma y notaron que esta se abría hacia atrás.
            —Necesitamos una identificación de algún empleado —dijo Claire, pasando la mano por la puerta e intentando abrirla de un empujón.
            —No tenemos tiempo —dijo Joaquín y golpeó con la culata de su rifle. Una lluvia de vidrios cayó a sus pies.
            Claire y Yara aferraron sus armas con fuerza y miraron hacia atrás, tensas y nerviosas; sus corazones comenzaron a latir desenfrenados. Joaquín entró al laboratorio, en donde todo estaba a oscuras. Con su linterna buscó un interruptor y grande fue su sorpresa cuando al subirlo, las luces se encendieron.
            —Al menos está intacto —dijo mientras observaba las losas blancas del suelo, que brillaban debido a la luz.
            Ambas jovenes le siguieron, entrando deprisa.
            —Ten más cuidado para la próxima —susurró Claire, agarrándolo por un hombro. Luego dio un rápido vistazo a su alrededor—. Acuérdate que no estamos solos —añadió.
            La puerta por la que entraron daba acceso a un enorme pasillo que debía medir al menos una veintena de metros. A ambos lados del mismo había muchas puertas, algunas de madera y otras de cristal. En estas últimas podían observar grandes estantes llenos de frascos que contenían líquidos de diversos colores, además de mesas con microscopios, algunos que otros libros y carpetas sobre un escritorio y un par de computadoras apagadas.
            Abrieron las puertas una por una y las verificaron: las de madera eran simples oficinas, exceptuando unas cuatro de las que estaban al final que resultaron ser almacenes y covachas. El largo pasillo terminaba en una enorme puerta doble. La abrieron y se encontraron en una enorme sala cuyo techo era abovedado en inmenso. Las paredes estaban pintadas de blanco y las luces estaban apagadas. Justo al final de la sala se erguían cinco tubos de cristal enormes y flotando dentro de los mismos, en un líquido verdoso había…
            —¿Esos son extraterrestres? —preguntó Yara, entrecerrando los ojos y acercándose a los tubos.
            —¡No puede ser! —exclamó Joaquín, observándolos a todos.
            Claire no dijo nada. Observó con calma los cadáveres que flotaban en el líquido viscoso. «Son demasiado parecidos a nosotros», pensó mientras se acercaba, ahora un poco inquieta. Dos de ellos parecían ser de sexo masculino y los otros tres femeninos. Apenas se hubo acercado a ellos, abrieron los ojos y los miraron a los tres.
            Claire y Yara les apuntaron con sus armas pero Joaquín se interpuso.
            —¿Qué rayos haces?
            —Espera hermana…ella me está hablando —dijo mientras se volteaba y caminaba hasta uno de los tubos el cual contenía a una mujer delgada y pálida, de largo cabello plateado y ojos azules.
            —¿Qué le pasa, Claire? —preguntó Yara en un susurro.
            —Ni idea…no sé que hace.
            Joaquín asintió un par de veces, sin apartar la mirada de la prisionera y luego se giró escandalizado.
            —Debemos sacarlos de aquí, ahora —dijo mientras se dirigía hacia la pared, justo a su derecha.
Allí se detuvo y puso su mano sobre la misma: estaba fría. Cuando presionó un poco la pared se hundió y surgió del suelo una especie de consola llena de botones que brillaban de muchos colores. Hundió un par de botones pero Claire se acercó y lo detuvo, agarrándolo con fuerza por la muñeca.
            —¿A qué te refieres? —preguntó pero no hubo necesidad de que respondiera.
            —Oigan, alguien viene y al parecer no con buenas intenciones —avisó Yara, quien estaba ahora junto a la puerta.
            En el silencio que les siguió escucharon los pasos que se acercaban. Las puertas se fueron abriendo poco a poco hasta que las voces de los humanos fueron claramente reconocibles. Estos se daban órdenes y cargaban las armas mientras corrían. Se detuvieron a unos cinco metros de la sala en que estaban y abrieron las demás puertas. En apenas segundos ya había escritorios y estantes formando barricadas en el pasillo.
            —Salgan de la habitación con las manos en alto, no toquen nada si quieren conservar la vida.
            —No son de fiar —susurró Yara mientras quitaba el seguro de su rifle.
            Claire corrió hasta el otro lado de la puerta y dio una rápida ojeada. «Son demasiados y están bien protegidos», pensó mientras verificaba en sus bolsillos. «¡Y no traje una puta granada!». Cargó su arma deprisa y le quitó el seguro. Respiró profundo un par de veces y abrió fuego. Yara hizo lo mismo pero los humanos no tardaron en responder: las ráfagas de balas surcaban el pasillo y chocaban contra la madera de las puertas o de los escritorios.
           
«Hazlo, Joaquín. ¿Qué esperas?, dijo una voz en la cabeza del joven».
            «¿Podrán arreglar esto?»
«Sí».

Joaquín no dudó un segundo más: presionó un enorme botón rojo y con un zumbido los tubos se hundieron en el suelo. Claire y Yara, que se ocultaban de los disparos, lo miraron asombradas. Ambas iban a hablar cuando los tubos volvieron a salir, solo que ahora estaban vacios. Se hizo un silencio de muerte.
De repente los humanos gritaron. Comenzaron a disparar pero no hacia la sala, sino al otro lado del pasillo. Un par de ellos rompieron la puerta y cruzaron la sala hasta estrellarse contra la pared. Luego el silencio volvió a dominar.
—¿Qué sucedió? —preguntó Yara.
Apenas había terminado de hablar cuando se abrió la puerta y los cinco seres que estaban en los tubos entraron. Sujetaron a Claire y a Yara, cuyas armas cayeron al suelo con un ruido sordo. Joaquín se acercó a ellos, quienes lo observaron durante unos minutos que parecieron interminables. Entonces la mujer de cabello plateado sonrió y acercándose a él, le besó la frente para después hacer lo mismo con Claire y Yara.
«Todo estará bien. Pronto todo cambiará».

—¡Desaparecieron! —exclamó Yara cuando ella y Joaquín terminaron de buscar en las habitaciones.
—Ya no podemos hacer nada. Tan solo irnos —dijo Claire mientras seguía llevándose todos los cartuchos y armas que los humanos habían traído consigo.
—No, aún podemos descubrir la verdad sobre todo —dijo Joaquín y buscó bajo la consola hasta dar con una caja negra que estaba cerrada con llave—. Ella tenía razón: todo está aquí.
La seguridad en su voz era tal que a Claire le dio miedo. ¿Cómo era posible que su hermano se llevara tan bien con esos seres si solo los había visto una vez? Debían hablar sobre eso mas tarde.
—¿Qué te dijo?
—Me advirtió sobre los que nos atacaron —respondió Joaquín, mientras hacía memoria de lo sucedido. Claire y Yara intercambiaron miradas—. También mencionó que nada de esto fue idea de ellos, sino de los humanos y que averiguáramos todo lo posible sobre la operación Halley.
—Operación Halley…—dijo Yara, sin creerlo.
—¿Sabes algo sobre eso? —preguntó Claire impresionada.
—Creí leerlo en unos documentos que Samuel tiene en su oficina…creo que eran clasificados —respondió esta, encogiéndose de hombros.
—Bien, recojan todo —dijo Claire mientras agarraba la mochila como mejor podía y se la colgaba de los hombros—. Regresamos a Hope.

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